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Millonarias pérdidas por la renuencia de los europeos al consumo de transgénicos y las críticas hacia el uso de glifosato hacen correr de Europa a los violadores, por dinero, de las leyes de la naturaleza. ¡Corre, Monsanto, corre! César Jerez La multinacional gringa Monsanto, especializada en glifosato, alimentos y transgénicos, acaba de anunciar su retiro del mercado europeo de semillas. La retirada de Monsanto se convierte en la primera gran victoria de los opositores al uso de transgénicos. Las plantas transgénicas contienen uno o más genes que han sido insertados en forma artificial en lugar de que la planta los adquiera mediante la polinización. La secuencia génica insertada (llamada el transgén) puede provenir de otra planta no emparentada o de una especie por completo diferente: por ejemplo, el maíz transgénico Bt, que produce su propio insecticida, contiene un gen de una bacteria. Las plantas que tienen transgenes son llamadas genéticamente modificadas. José Bové, el bigotudo campesino francés, líder de la lucha contra este engendro científico capitalista, celebró el anuncio de Monsanto, y pronosticó la salida de Europa de otras compañías de productos genéticamente modificados. Monsanto abandonará la sede central europea que tiene en Cambridge, Inglaterra, y además dejará de avanzar en las actividades que se desarrollaban en centros de experimentos genéticos en Francia, Alemania y República Checa. Según Bové, en declaraciones a la agencia de noticias EFE, también la compañía alemana Bayer anunció que suspenderá sus ensayos con transgénicos en Europa. En Europa existen fuertes campañas, no sólo de consumidores sino también de agricultores, que se niegan a utilizar semillas y alimentos que tengan modificaciones genéticas. De hecho algunos agricultores también están en contra de los herbicidas como el glifosato, indiscriminadamente usado en Colombia en las fumigaciones de cultivos de coca, el cual es uno de los principales negocios de Monsanto y otras multinacionales especializadas en el sector agrícola. "Los resultados muestran que el glifosato está contaminando nuestra agua potable. Y desgraciadamente nosotros sólo hemos visto la punta del iceberg, porque el glifosato y muchos otros químicos han terminado a su manera ensuciando las tierras. Los políticos necesitan mirar la agricultura respecto a la limpieza del agua potable y deben decidir qué van a hacer", dice Mogens Henze, director del Instituto para el Ambiente y Recursos de la Universidad Técnica de Dinamarca. En una entrevista publicada en el diario suizo Le Temps, Bové sostuvo que "es reconfortante ver que la industria de los transgénicos pierde dinero y encuentra cada vez más dificultades para proseguir con sus actividades, habida cuenta de que el 80% de los europeos no quiere esos productos", dijo Bové. Ya en el año 2001 las multinacionales de la alimentación habían retirado los alimentos transgénicos del mercado español. Nabisco -Royal, Artiach, Oreo, Digesta, Marbú, Fontaneda, Riera Marsá y Fruco- y otras empresas de menor envergadura dejaron de fabricar galletas, papillas, sopas y postres dulces con soya o maíz cuya cadena genética fue manipulada. El rechazo de los consumidores ha sido la causa. En España se habilitaron dos laboratorios y se aumentaron los controles para inspeccionar lo que se preveía como una avalancha de comida transgénica a partir de 1998, cuando la Unión Europea autorizó el uso de maíz y soya genéticamente modificados en la alimentación humana siempre y cuando se advirtiera sobre su uso en la etiqueta. No hubo tal. Un año después, el mercado español presentaba una oferta mínima de comida trans. Entre ella, las galletas Oreo y Artiach y las sopas Campbell's. Dos años y medio después, desaparecieron del mercado. El rechazo de los europeos a los alimentos genéticamente manipulados llevó a algunas firmas, como Marks & Spencer, a retirarlas de sus supermercados. Otras, como Gallina Blanca o Nestlé, proclamaron su intención de prescindir de los transgénicos. El grupo Nabisco y otros de menor presencia en el mercado optaron por mantenerlos. El comprador español de galletas de esta firma podía leer en la composición: «azúcar, harina de trigo, grasa vegetal parcialmente hidrogenada, almidón de maíz modificado genéticamente, dextrosa, lactosuero, limón en polvo, emulgente, huevo en polvo, gasificantes, aroma y colorantes». Ahora se lee lo mismo a excepción del ingrediente transgénico, que ha sido sustituido por «almidón de trigo». Los interrogantes sobre los efectos del consumo de transgénicos a corto y largo plazo han aumentado el recelo de muchos consumidores, desconocedores de lo que podría ocurrir cuando a un organismo vivo se le implantan restos de ADN de otro ser vivo, incluso entre especies distintas; por ejemplo, de un pez a un tomate, de un virus, de una bacteria o de un animal a una planta. La respuesta de la comunidad científica no es unánime, pero la constatación de que los transgénicos pueden alterar el sistema inmunológico ha influido en el rechazo de los ciudadanos. La negativa de los consumidores europeos a aceptar productos agrícolas modificados genéticamente en su base de alimentación, hace prever que estas tecnologías sean aplicadas en los países del tercer mundo en África, Asia y América Latina. Al ser cuestionado sobre este posible 'desplazamiento' que habría en las multinacionales que realizan ensayos con los transgénicos hacia el sur, Bové señaló que ya en estas regiones existen asociaciones que conocen el peligro que para la salud representan los transgénicos "y han organizado una campaña de resistencia". 22 de octubre de 2003 |