El Salado, Carmen de Bolívar: nuevas detenciones arbitrarias

por Comisión Intereclesial de Justicia y Paz
Bogotá, 17 de julio de 2005

Los viejos del pueblo han soportado en menos de una década dos espantosas masacres por acusaciones de auxiliar a los grupos armados ilegales. Su sueño es que sus descendientes vivan felices y en paz. Foto Semana.

"Han hecho su frente dura como roca, se han negado a convertirse" Jeremías

* Viernes 15 de julio, entre las 5:30 am y 6:00 am fue detenido Samuel Redondo Medina, en el casco urbano del municipio de El Salado, departamento de Bolívar, [en realidad, El Salado es un corregimiento del municipio El Carmen de Bolívar, nota de Prensa Rural] por miembros de la Infantería de Marina que se encuentran posesionados de este poblado.

A Samuel se le sindica falsamente del delito de rebelión por el mismo acusador Luis José Fonseca Arrieta, quién es parte de los montajes judiciales en que se encuentran comprometidas las Fuerzas Militares.

El falso acusador es el mismo que sirvió de fundamento para que el fiscal Ricardo Carriazo ordenara el allanamiento y detención arbitraria de Luis Torres, el pasado 26 de mayo y dejado en libertad el miércoles 8 de junio.

Samuel fue trasladado a la cárcel de La Ternera en Cartagena. De acuerdo con recientes informaciones, Samuel rindió el sábado pasado indagatoria en un proceso judicial en donde el falso testigo reproduce los mismos libretos confeccionados contra Luis Torres.

Samuel es reconocido como un creyente católico, activo participante en las actividades que apoyan las iglesias cristianas y la Red Ecuménica de Iglesias.

* Viernes 27 de mayo, horas después de la detención de Luis Torres en un barrio popular de Cartagena, fue detenido arbitrariamente Emiro Rafael Mendoza Rodelo, a las 3:00 am en el casco urbano de Carmen de Bolívar.

Emiro, por su oficio conductor entre Carmen de Bolívar y El Salado, ha prestado apoyo a las comunidades desde hace años en su movilización y en el transporte de sus bienes de supervivencia o en el mercadeo del tabaco negro.

Este proyecto ha sido financiado por entidades públicas lo que ha merecido un premio nacional y el reconocimiento internacional a los habitantes de El Salado, entre los que se encuentran las personas detenidas arbitrariamente.

En la actualidad Emiro Rafael se encuentra detenido arbitrariamente, su falso acusador es el mismo que ha obrado en los procesos contra Luis Torres y el más reciente de Samuel Redondo.

Emiro Rafael es hermano de Ramiro Mendoza Rodelo, quien fue detenido en febrero de 2004, en la misma modalidad de montaje judicial con falsos acusadores de las Fuerzas Militares, y nueve meses después dejado en libertad. Ramiro, pocos días después de recobrar su libertad fue asesinado, el 16 de marzo, por dos sicarios de la estrategia paramilitar que se movilizaban en una moto en el casco urbano de Carmen de Bolívar.

A los casos de Luis Torres, Samuel y Emiro, se suman los de ocho habitantes de Carmen de Bolívar y San Juan Nepomuceno, detenidos el 27 de mayo pasado, y quienes aún se encuentran encarcelados.

A estas detenciones arbitrarias, por los mecanismos usados y los falsos acusadores, le antecedieron las ocurridas el 14 de octubre del 2003 contra pobladores de El Salado, entre ellos Víctor Paternina, Carmelo Arias y Heriberto Chamorro. Estos campesinos fueron dejados en libertad, nueve meses después, en junio de 2004.

Líneas de interpretación

Es muy delicada y grave la situación de los habitantes de El Salado, sobrevivientes a la serie de asesinatos selectivos, masacres y desplazamientos perpetradas a través de la estrategia paramilitar desde 1997. Allí en El Salado han sido asesinadas o desaparecidas más de medio centenar de personas. Ahora, quienes decidieron retornar o aún se encuentran desplazados son el blanco de las actuaciones judiciales, con detenciones injustas, procesos amañados, testigos falsos preparados por las estructuras castrenses, que han convivido con la estrategia encubierta de tipo paramilitar. Los victimarios, aquellos que oficiaron públicamente como agentes del terror institucional se desmovilizaron la semana pasada. Ellos viven en zonas de concentración donde disfrutan de la libertad, que será refrendada con la sanción del presidente Uribe. Mientras que el casco urbano se encuentra absolutamente militarizado a unos pocos minutos en Carmen de Bolívar, las estructuras paramilitares se mantienen incólumes disfrutando las mieles de la removilización.

Los detenidos arbitrariamente son una muestra más de las violaciones y abusos cometidos en aplicación de la política de seguridad del presidente Uribe. El uso recurrente de falsos testigos, con versiones insostenibles y señalamientos a campesinos, es una muestra más de la arbitrariedad en las detenciones, que cuentan como único soporte probatorio la falsedad orquestada militarmente, libretos confeccionados por estructuras estatales, que conciben a las organizaciones campesinas y sus líderes que construyen alternativas de paz y quiénes afirman su derecho a la verdad, a la justicia y a la reparación integral como "rebeldes".

Paradojas. Mientras los campesinos son detenidos arbitrariamente, aquellos que han torturado, asesinado, desaparecido a más de medio centenar de personas, gozan de la libertad, de privilegios en las estructuras armadas del Estado o en el proceso de impunidad de la institucionalización paramilitar. Luego de que las falsas denuncias se caen de su peso, por su falsedad, su incoherencia y su lógica absurda, al recobrar la libertad, sólo les queda un nuevo camino para vivir: exiliarse para no correr la suerte del profesor Correa Andreis o del campesino Ramiro Mendoza Rodelo.

Solicitudes urgentes

A las iglesias y organizaciones cristianas, a la comunidad de derechos humanos, dirigir sus comunicaciones a:

* Fiscal General de la Nación Luis Camilo Osorio, a la doctora Yolanda Sarmiento, manifestando que:

- Conocen de la detención de Samuel Redondo Medina y Emiro Rafael Mendoza Rodelo, expresando su preocupación por el uso de acusadores falsos como testigos --lo que desvirtúa un debido proceso--, exigiendo la libertad inmediata a partir de la valoración en sana crítica de las falsas pruebas y solicitando recibir respuesta a sus inquietudes.

- Fiscalía General de la Nación
Diagonal 22 B No. 52-01 Bogotá, Fax: (571) 570 20 00
E-mail: contacto@fiscalia.gov.co; denuncie@fiscalia.gov.co

- Fiscal 36 Especializado de Cartagena (575) 6563550 Cartagena


La desinformación oficial:

Capturan presunto miliciano

publicado en El Universal
Cartagena, 18 de julio de 2005

La Primera Brigada de Infantería de Marina Infantería de Marina, mediante un operativo desplegado en área rural de El Carmen de Bolívar, capturó a un presunto integrante de las milicias de las FARC que opera en la zona.

Dicho resultado logrado por la Primera Brigada de Infantería de Marina, fue posible con el apoyo de la Fuerza Aérea Colombiana y el Ejercito Nacional en desarrollo de la Operación Omega contra las organizaciones al margen de la ley, según indicó el comando de dicha unidad militar.

Tropas del Batallón de Contraguerrillas de Infantería de Marina número 2, adscritas a la Primera Brigada de Infantería de Marina, desplegaron dicha ación en el casco urbano del corregimiento El Salao, jurisdicción del municipio El Carmen de Bolívar.

El presunto miliciano fue identificado por la Primera Brigada de Infantería de Marina, como Rafael Redondo Medina, quien está sindicado de pertenecer a las milicias de la Cuadrilla 37 de las FARC y sobre el cual pesa orden de captura No 0332035 emanada por las Fiscalía 36 de la ciudad de Cartagena por el delito de rebelión.

Entre tanto, el Comando de la Primera Brigada de Infantería de Marina sostuvo que se mantendrán a la ofensiva en toda la jurisdicción para seguir neutralizando las actividades de organizaciones al margen de la ley, para recobrar la tranquilidad ciudadana.


Testimonio
Vivir para contarla

La posible ley de perdón y olvido se mira con más autoridad desde El Salado, donde hace tres años un grupo paramilitar cometió una de las masacres más escalofriantes que haya vivido el país. Crónica.

por Revista Semana
18 de julio de 2005

Hace tres años y siete meses, desde los días y noches de la masacre, el tiempo se detuvo en El Salado. Un aire denso se respira en sus arenosas calles y la maleza devora las casas abandonadas. No circula el peso por lo que sus pocos pobladores volvieron al trueque para conseguir la comida. Y sólo llega un carro cada día. Es un jeep que transporta con lentitud pasajeros y víveres desafiando el miedo pues atraviesa los 19,5 kilómetros solitarios que lo distancian de El Carmen de Bolívar, un pueblo alegre, bullicioso y con fuerte presencia militar.

En El Salado, en cambio, no hay autoridad alguna, ni siquiera música. Las 480 almas que han retornado después de la matanza de ese febrero negro todavía guardan luto y no prenden la radio. Apenas se escucha la risa de algunos niños o el rebuznar de burros que deambulan a sus anchas. La tristeza del pueblo contrasta con su sobrecogedora belleza natural. El Salado está en el corazón de los Montes de María, departamento de Bolívar, a 139,5 kilómetros de Cartagena, con todas las gamas de verde, surcado por decenas de quebradas, arroyos y riachuelos y coloreado por miles y miles de mariposas amarillas.

Precisamente, la primera víctima del exterminio cayó a las 11 de la mañana del miércoles 16 de febrero de 2000 en las aguas diáfanas del arroyo Las Vacas, a cuatro kilómetros del casco urbano. Se llamaba Edith Cárdenas Ponce, de 44 años. A esa hora se encontró de frente con varios hombres vestidos de camuflado, rapados y brazalete de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU). Su muerte fue rápida: un tiro en la frente. El eco del disparo produjo el revoloteo de los pájaros y de paso alertó a los 4.500 habitantes del pueblo, a quienes la tragedia no los tomó del todo por sorpresa. Varias semanas atrás, un helicóptero había dejado caer una lluvia de volantes con las siglas de las autodefensas, exigiendo que abandonaran el lugar porque los consideraban auxiliadores de las FARC.

Los sobrevivientes han ido regresando tímidamente. "Dudé en volver pero me estaba muriendo de nostalgia", dice Efraín Varela Ortiz, de 79 años, quien retornó hace un año. El abuelo es de respuestas rápidas, aunque dudó cuando los enviados especiales de Semana le preguntaron qué pensaba del proyecto de ley de libertad condicional para los grupos armados ilegales autores de matanzas como la que se llevó a siete de sus seres queridos, entre ellas dos de sus hijas. En total y dependiendo de la fuente oficial que se consulte, hubo entre 40 y 66 muertos."Yo creo en Dios y Dios nos habla del perdón, pero en este caso es difícil porque esos señores no pueden estar libres, dice. Esos señores no están en sus cabales", explica.

Igual opinión tiene Sara Martínez, de 48 años, a quien le mataron su hijo de 17 años. Para ella lo ocurrido en su pueblo no es un acto de seres humanos normales. La historia de la carnicería la cuentan viejos, adultos y niños porque, sin excepción, fueron testigos forzados. Ella, por ejemplo, recuerda que cuando escuchó el eco del disparo que asesinó a su comadre Edith salió despavorida monte arriba. Iba a huir por un sendero veredal pero un vecino la previno: "Está lleno de gente armada". En efecto, los paramilitares habían montado una tenaza sobre el pueblo con un ejército de 600 hombres. Además de la trocha que conduce a El Carmen de Bolívar, El Salado tiene cuatro caminos de mula; uno de ellos que incluso llega a Canutalito (Sucre). Eso convierte al pueblo en un punto estratégico apetecido por todos los grupos armados.

Centenares de campesinos se salvaron al abrirse paso entre la maleza. Otros no lo lograron. Como la niña Helen Margarita Arrieta Martínez, de siete años, a quien sus cansados padres le ordenaron que corriera sin parar, pero que tuvo la desgracia adicional de fracturarse un pie y quedar herida entre la vegetación. La niña, atemorizada, ni siquiera se quejó para no llamar la atención. Muchos días después, cuando los pobladores recogían a sus muertos, encontraron su cadáver. Murió insolada.

El cerco de los paramilitares sobre el pueblo se cerró dejando a su paso más y más víctimas. No se salvaron aquellos que se escondieron en sus casas porque les dispararon sobre sus techos de zinc desde tres helicópteros, uno verde, otro azul y otro blanco, según lo relataron los testigos. Todavía se ven las perforaciones en las tejas.

A los dos días de hostigamiento continuo --sin que autoridad alguna viera ni oyera nada-- lograron acorralar a unas 500 personas en una cancha de microfútbol frente a la iglesia. El primer muerto allí fue Eduardo Novoa, a quien degollaron en presencia de todos el viernes 18 a las 10 de la mañana. Los verdugos entonces pusieron música y destaparon ron. Se dividieron entonces el trabajo: unos fusilaban, otros torturaban, algunos más rompían puertas, levantaban camas, vaciaban cajones y pateaban animales. "Mientras más buscaban, más rabia les daba porque no encontraban nada. No hallaron ni siquiera una honda", dice José Pérez.

La matazón se prolongó durante cuatro días y cuatro noches. Nadie vino a pararla. A medida que pasaban las horas aumentaba la sevicia. Así, a los abuelos Desiderio Lambraño y José Urrueta, ambos mayores de 70 años, los pusieron a bailar vallenatos mientras les disparaban cerca de sus pies. Un hombre macizo, de saco negro, se acercó a los dos, los tomó de la cabeza, estrellándoselas la una contra la otra hasta matarlos. A una adolescente la violaron en fila. Murió ahogada con su sangre porque le habían metido cactus entre su boca. Víctor Urrueta Castaño, el bobo del pueblo, murió en medio de las torturas porque no confesaba que era miembro de las FARC. A los criminales les sobró suficiente sangre de sus víctimas para embadurnar en los muros enormes vivas rojos a las ACCU y abajos a la guerrilla. El pavor ha dejado esos letreros de muerte intactos hasta hoy.

En la noche del sábado 19 de febrero los paramilitares se marcharon, diciéndoles a los sobrevivientes que se fueran rápido porque iban a volver a quemar el pueblo. El domingo 20 en la mañana llegaron, por fin, varias hombres de la Infantería de Marina. Los saladeños que quedaron levantaron 36 cadáveres. No los llevaron al cementerio porque el sol de fuego que brilló durante los cuatro días del asesinato colectivo los descompuso aceleradamente. Así que los sepultaron en un fosa común al lado de la cancha donde habían muerto.

Luego huyeron de todo ese horror. Unos se fueron para lejanos y ardientes pueblos de La Guajira, la mayoría llegaron a Cartagena y otros más subieron hasta frías y hacinadas casuchas del sur de Bogotá. El 21 de febrero de 2002, 300 familias iniciaron el retorno. "Uno no puede vivir sin su tierra", dice Andelfo Rodríguez, de 55 años. No fue fácil vencer el terror de cruzar esa trocha desde El Carmen hasta El Salado. No había ni un policía, ni un soldado. Sólo la sensación de que desde las montañas vigilaban acechantes los hombres de las FARC y las AUC, que aún se disputan el control de esas tierras dibujando una geografía arrasada por la violencia. La de El Salado no fue la primera ni la última masacre. Hubo otras cercanas: en El Cielito, Ovejas, Chengue, Arenas y Santa Clara. Entre todas las ACCU dejaron más de 100 muertos.

Tiempos de soledad

Como no hay transporte en El Salado casi no se consigue ni sal. Es un pueblo que carece hasta de los mensajes de Dios pues el párroco de la iglesia Villa del Rosario tampoco volvió a oficiar misa. El centro de salud está en ruinas, al igual que los despachos oficiales del corregimiento. No existe sede del Banco Agrario y menos una oficina de Telecom. Casi todas las casas están vacías con las puertas arrancadas. Gracias a una donación del gobierno del Japón funciona sólo una escuela y un colegio, al que asisten 22 alumnos.

Los primeros pobladores que retornaron trajeron dos vacas, que ordeñaban a diario. La leche era repartida únicamente para los niños. Los adultos se bastaban con agua. Otro campesino encontró varias gallinas en el campo que no se alcanzaron a llevar los paramilitares. Hoy ya hay huevos y leche para todos pues los animales se han multiplicado y los saladeños se han repartido la solidaridad.

Si el Estado no llegó durante la matanza tampoco llegó después. Allá sólo ayudan unos pocos héroes anónimos. Como 'El Paisa', que presta el servicio de transporte con su jeep, al que sube a diario varias gallinas, un cerdo, cinco bultos de hoja de tabaco y entre 20 y 25 personas.

Cuando los pobladores supieron que se discutía un proyecto de ley que iba permitir perdonar a paramilitares, aun si habían cometido crímenes de lesa humanidad como los que perpetraron contra su terruño, reaccionaron con miedo. Temen que éstos al no sentirse perseguidos puedan regresar. Luego han ido analizando más la propuesta del Gobierno. "Hemos rezado mucho pero aún no olvidamos ni perdonamos", dice un habitante. "Yo creo que ellos deben ir a la cárcel", dice otro. "Yo lo que sí no quiero es que a los paramilitares los extraditen porque ellos no han hecho nada contra ciudadanos estadounidenses sino contra nosotros. Aquí en Colombia, con nuestras leyes, es que deben juzgarlos", agrega otro. "No, no y no. Ellos no pueden estar libres porque no son personas normales", explica uno más.

Entre tanto los más niños con un gran esfuerzo han ido apostándole a construir el futuro. Es el caso de la niña María Magdalena Padilla Mena, de 13 años, estudiante de sexto grado, quien al ver que no llegaba ningún profesor decidió juntar a los pequeños y empezar a dar las clases. "A mí me gusta mi pueblo y sé que vamos a salir adelante", dice con la dulzura de una niña pero con la autoridad de un adulto. A otra niña de 14 años, María Isabel Silva, quien fue electa recientemente personera del colegio, entidades como la Defensoría del Pueblo le enseñan sobre qué son los derechos humanos y cómo se construye una sociedad civilizada. Ella les cuenta a los más pequeños.

Los adultos, por su parte, pasan los días cultivando las hojas de tabaco. Aquí se dan tres variedades de altísima calidad de esta planta. Antes de la matanza El Salado tenía registrados 5.400 personas, dos parques, dos concejales electos y unas fiestas concurridas. La documentación para dar el salto a municipio estaba lista. Le faltaban apenas 600 personas, requisito indispensable para alcanzar esta categoría administrativa. Ahora el tiempo se ha detenido allí.

Los enviados de Semana tuvieron que pedirles a varios conductores para lograr subir al pueblo. El único que aceptó confesó que jamás en su vida iba a ir a ese pueblo de muerte.

"No es de muerte. Sólo que estamos de luto", dice Rodríguez, uno de los más emprendedores saladeños. "Nos reunimos en el pueblo y decimos que ante la ausencia de autoridad y cuando se presente una disputa tenemos que resolverla entre todos". Algo así como la semilla de una nueva justicia.

"Esperamos que los señores del Gobierno vengan a explicarnos cómo funcionan esas normas de perdón", dice él. "Porque al fin y al cabo sabemos que la vida tiene que continuar". Después de reflexionar esta frase, el viernes de la semana pasada prendieron una grabadora para escuchar a su ídolo Diomedes Díaz. Fue el primer vallenato que se escuchó en tres años y siete meses. Sonrieron con la esperanza de volver a tener una segunda oportunidad sobre esta tierra que los vio nacer.

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