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Un huevito
El nombramiento de Gabriel Vallejo no cuadra con el juramento sobre la madre tierra que hizo Santos ante los mamos de la Sierra Nevada, ni con el discurso que pronunció hace cuatro días en la Cumbre de Cambio Climático en Nueva York
Antonio Caballero / Lunes 29 de septiembre de 2014
 

La visión que inspira al presidente Juan Manuel Santos está escrita en el lema de su gobierno: prosperidad para todos. Y esa es la misión que ha decidido tomar sobre sus hombros: prosperidad para todos. ¿Cómo? Repartiendo la riqueza, en este país que es uno de los más inequitativos del mundo. No la riqueza ya existente, por supuesto.

No es cosa de poner a los ricos a pagar impuestos, no lo quiere Dios (aunque Santos es, en otros temas, más bien ateo). No. Repartiendo la riqueza futura, sumida en las entrañas de la tierra. Es decir, exportando el medioambiente, como en la historia, que he citado muchas veces, que cuenta García Márquez en El otoño del patriarca, cuando el dictador les entrega a los gringos el mar Caribe para que se lo lleven empacado en cajas, dejando solo un erial reseco en el que saltan todavía algunos peces moribundos.

Para exportar el medioambiente –el oro, el petróleo– nombró Santos en el ministerio del ramo –que se llama también, irónicamente, “de desarrollo sostenible” –a un experto en mercadeo, que estrenó sus funciones autorizando el fracking petrolífero y abaratando las licencias ambientales.

No puede ser. No quiero creerlo. Ese nombramiento –el quinto en ese ministerio en los cuatro años y un mes que lleva Santos gobernando– tuvo que ser hecho “a sus espaladas”, como hubiera dicho en sus tiempos Ernesto Samper. Porque es un nombramiento que no cuadra con el juramento sobre la madre tierra que hizo el mismo Santos hace cuatro años ante los mamos arhuacos de la Sierra Nevada, ni con el discurso que pronunció hace cuatro días en la Cumbre del Cambio Climático a la que asistieron, en Nueva York, más de 100 jefes de Estado. Allí dijo Santos, en un momento que como es ya habitual en él calificó de “histórico”:

–Es el mayor reto que jamás hayamos enfrentado. Me complace decirle al mundo que Colombia ya asumió de manera responsable este desafío.

Pero si dice esas cosas ¿por qué demonios nombra para que se ocupe del desafío al señor Gabriel Vallejo, un gerente de mercadeo, especialista en servicio al cliente que inaugura su gestión autorizando el fracking y facilitando las licencias de explotación minera y petrolera? El fracking es, como han explicado en estos días muchos comentaristas a pesar de la tentativa del gobierno por evitar que se discutiera el asunto, una técnica de explotación del gas y el petróleo que consiste en inyectar en las rocas profundas millones de litros de agua mezclada con ciertos químicos para fracturarlas y hacer que liberen el petróleo o el gas. Una técnica novedosa y sísmicamente peligrosa, y que puede envenenar los acuíferos subterráneos, y por eso ha sido prohibida en varios países europeos y en muchas regiones de los Estados Unidos, pero que en Colombia se usará sin restricciones.

¿Por qué? Por plata. El gobierno de Santos necesita plata para financiar todas sus promesas: mermelada para la gobernabilidad, subsidios para la pacificación social. Esa plata, ya dije, está enterrada. Para obtenerla es necesario explotar y exportar el medioambiente como se exporta cualquier otra mercancía: para un neoliberal convencido como Santos todo se traduce en términos de mercado, como lo señaló de pasada en su discurso de Nueva York:

– Nuestros esfuerzos son un deber ambiental, pero también los entendemos como un aporte a la competitividad del país.

Esa competitividad requiere, dado que aquí ya no hay agricultura y se acabó la industria, una minería sin controles y una explotación petrolífera sin “talanqueras”, como llama el vicepresidente Germán Vargas las consultas populares y las regulaciones por parte del Estado. El cual, en el mantra neoliberal de la “tercera vía” adoptado por Santos, solo debe llegar “hasta donde sea necesario” y no “hasta donde sea posible”, como es en cambio el papel hegemónico asignado al mercado. Y entonces se escoge la solución más facilista: como el Estado no tiene la capacidad necesaria para vigilar el cumplimiento de sus regulaciones, pues no regula. Y así no hay nada que vigilar.

Tanto los mamos arhuacos de la Sierra como los ambientalistas que aplaudieron el discurso de Santos en la cumbre de Nueva York se van a sentir tan traicionados como el mismísimo Álvaro Uribe. El cual, por otra parte, no lo ha sido tanto: ahí le está Santos empollando su huevito de la “confianza inversionista”.

* Tomado de Revista Semana