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Opinión
La otra violación: amarillismo y violencia de género
El miedo no es una opción. Si permitimos que triunfe, habremos fracasado como sociedad.
Nathalie Murcia / Viernes 24 de julio de 2015
 

A primeras horas de la mañana el país se enteró del ataque sufrido por una operadora del Sistema Integrado de Transporte Público de Bogotá (SITP). Según los primeros informes la mujer había sido abusada por tres individuos en la noche del 23 de julio.

Un hecho sin precedentes hasta hoy, no porque no existiesen antes este tipo de agresiones, sino porque la de hoy tuvo como víctima a una conductora de un sistema que apenas se abre camino en la ciudad y que gratamente, ha incluído a las mujeres como fuerza de trabajo en una serie de profesiones tradicionalmente masculinas.

Los medios de comunicación empezaron a inundar las redes con la noticia. El Espectador, El Tiempo, KienyKe y el sistema de noticias Citytv, se otorgaron el derecho de poner en sus notas los detalles más aberrantes sobre este suceso, en un intento depravado por generar audiencia más que por informar.

El periodismo amarillista que pasa por encima del derecho a la intimidad, revictimiza a la conductora, menguando una vez más su dignidad y de paso, la de todas las personas víctimas de agresiones sexuales.

Por su parte, voces ciudadanas hacían eco de soluciones para ‘prevenir’ las violaciones, sugiriendo que las operadoras del sistema no deberían trabajar a tan altas horas de la noche. Con eso solo volvemos entonces al absurdo de proponer un toque de queda para las mujeres y para todos aquellos para quienes la ciudad sea peligrosa. Esto no sólo desconoce las dinámicas de las agresiones sexuales -la mayoría de ellas se presentan en círculos cercanos como la familia o amigos- sino que vuelve a poner la atención en las víctimas, como si fueran ellas quienes ‘facilitan’ las condiciones para ser agredidas.

Desgraciadamente la violencia y en particular la violencia sexual, tiene un vergonzoso lugar en nuestra cotidianidad. Los esfuerzos por disminuirla deben pasar por un cuidadoso análisis de cada uno de nosotros, de los mensajes que emitimos y de la impunidad que le concedemos a violencias más sutiles.

Por supuesto, las instituciones encargadas de impartir justicia deben garantizar las capturas y condenas adecuadas. Ya bastante adeudan a una opinión pública que ante la impunidad, desea impartir justicia por sus propias manos.

Debemos rechazar categóricamente toda agresión sexual a cualquier persona, así como los intentos de algunos medios de comunicación de convertir una tragedia que deja miles de víctimas a diario, en un circo mediático.

El miedo no es una opción. Si permitimos que triunfe, habremos fracasado como sociedad.