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Ya no hay quién coja café
Decía el presidente Santos en uno de sus discursos que “la caficultura será una pieza clave para el posconflicto en Colombia y para la consolidación de la paz”. Sin embargo, las familias en las zonas cafeteras se sienten cada vez más solas, cansadas y sin apoyo
Bibiana Ramírez / Viernes 6 de noviembre de 2015
 
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Tradicional finca cafetera del suroeste antioqueño. Foto Bibiana Ramírez APR.

El sector cafetero colombiano ha venido enfrentando tal serie de dificultades que muchos de sus cultivadores se han visto derrotados y sin ninguna solución. Existe una fuerte crisis de rentabilidad y quienes más la padecen son los pequeños caficultores, que deben competir con acaudalados que tienen toda la tecnología para producir con calidad.

En el paro del 2013 pedían soluciones que no llegaron. “El pago del subsidio Protección Ingreso Cafetero era la ayuda que daban al caficultor por el café tan barato y sí la dieron, pero no creo que sea una solución. Pedíamos insumos que fueran económicos y antes han subido más. Se pidieron ayudas del gobierno para quienes teníamos deudas en el banco. Supuestamente le ayudaban a uno con más plazo pero le subían los intereses”, cuenta Carmen, una pequeña caficultora del suroeste antioqueño que participó en el paro.

La realidad del cafetero

Alicia, una mujer cabeza de hogar, de 49 años, logró dar estudio a sus tres hijos en la ciudad con cinco hectáreas de tierra sembradas en café que heredó de su padre. Ella es de Andes, suroeste de Antioquia, la subregión cafetera del departamento. Así pudo comprender las dinámicas del café y hacer una comparación mirando 30 años atrás.

“Las fincas eran productivas, no se necesitaban abonos, y daba mucho café, había otros cultivos, se alternaban. Mi papá sembraba fríjol. Vendía la semilla y era sana. El tiempo era bueno, había mucha gente con quien trabajar y se sembraba comida. Hoy en día no hay quién siembre ni en dónde porque todo está cultivado con café”, recuerda Alicia.

Había mucho campesino dispuesto a trabajar desde niño hasta viejo, “hoy ha disminuido por el estudio, la pereza, la vida fácil. Los jóvenes ya no quieren trabajar en el campo. En esos años la gente era de una misma familia, cinco o seis trabajadores, hoy en día si acaso hay una sola persona o dos de la familia. No se necesitaba buscar trabajadores porque había con quién, a la gente le gustaba el campo, trabajaba honestamente”, continúa Alicia.

En ese tiempo la Cooperativa de Caficultores, que después pasó a ser Federación, apoyaba más al campesino, construía escuelas, centros de salud, vivienda, vías, tenía proyectos productivos y autosostenibles. “Es una institución que ha cambiado, no es tan social y ambiental como antes: vende abonos e introduce químicos. El abono anterior era menos compuesto y no había competencia, ya no es tan productivo, con una sola abonada en el año daba mucho café, ahora son dos y tres y sin embargo es difícil que dé y la tierra se cansa de tanto químico y del mismo cultivo siempre”.

La finca de Alicia al año da 70 cargas que valen 60 millones. Para lograr esa producción hay que invertirle 30 millones y trabajo fuerte todo el año, sin contar las pérdidas de años atrás que han dejado deudas sin saldar. “Esos tiempos de bonanza no volverán”, termina diciendo Alicia con un tono de voz bajo.