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Las mujeres y la paz entre hombres: no todas estamos en silencio
Unidad de procesos populares de Bogotá / Miércoles 28 de septiembre de 2016
 

“Pensamos, imaginamos y proyectamos una emancipación integral, múltiple, compleja, dialéctica, alegre, colorida, diversa, ruidosa, desafiante, libertaria, ética, polifónica, insumisa, rebelde, personal, colectiva, solidaria. Buscamos una emancipación que cuestione y vaya quebrando las miradas, prácticas y representaciones sociales dicotómicas, opresivas, haciendo caminos hacia la creación de un feminismo socialista, latinoamericano; revolucionario y revolucionado en sus propuestas y conceptos; claro y consistente en sus definiciones y búsquedas; transparente en sus opciones éticas; reconstructor de los procesos históricos; transformador de lo personal/político; comprometido con todos los sectores explotados, subordinados, silenciados, oprimidos, deslegitimados.” Claudia Korol

Hemos recibido con interés el debate suscitado en redes a propósito de varias publicaciones referentes al lugar de las mujeres en la construcción de paz, la crítica a las posiciones de privilegio, los asuntos sobre reconocimiento, las prácticas sectario-machistas de la militancia de izquierda y la historia androcéntrica, cuestiones que se plasman en las imágenes del proceso de paz con las Farc-EP, y más actualmente su décima conferencia y la firma del Acuerdo.

Compartimos en cierto modo la incomodidad. Creemos que la denuncia y lo contestatario de la réplica ante estos acontecimientos es clave para trastocar el entramado de relaciones que permiten y reproducen las opresiones, las desigualdades, las asimetrías de diverso orden y las posiciones privilegiadas de poder en la sociedad y en nuestros espacios de trabajo y militancia.

Sin embargo, nos permitimos disentir en varios asuntos con el ánimo de contribuir al debate y brindar una mirada desde uno de los tantos lugares del movimiento popular. No pretendemos, dicho sea de paso, arrogarnos una crítica acabada ni una única narrativa sobre la cuestión feminista. Muy por el contrario: nuestro propósito es aportar pistas para la reflexión y el hacer común de nuestra cotidianidad.

Creemos que el problema no son las imágenes ni su representación tergiversada de la realidad, reproducidas en su mayoría por los grandes medios de comunicación. Tampoco que se trate de una contraposición entre hombres de izquierda y mujeres de izquierda. No creemos que sea un problema de vocerías, de participación en los escenarios de representación. Tampoco consideramos que sean imágenes distorsionadas de la realidad, como si hubiera una copia fiel de lo real, a manera de la verdadera esencia. No equiparamos la participación en espacios de representación como logro y finalidad de nuestra tarea emancipatoria, como si de ello dependiera la igualdad entre los géneros, la visibilidad o no en la escena. ¿Qué escena?

La apuesta por la disolución de la esfera privada y pública no solo pasa por el acceder a los espacios de representación sino por la materialidad de las luchas. Y aquí lo material lo entendemos como praxis, como actividad creadora y constitutiva de relaciones que proyectan un mundo objetivo. La participación y reconocimiento de la mujer, o mejor, de las mujeres, hace parte de una descentralización de la democracia, de la multiplicidad de lugares en que se activa la política, de lo concreto de nuestras luchas. Por eso, sobreponer el lugar de la aparición femenina entre el reconocimiento comparativo que tienen con respecto a los hombres y los espacios en los que se da es volver sobre debates decimonónicos.

El reconocimiento se activa en las relaciones genuinas con los otros y en los otros. No solo en la esfera de la construcción ni en los espacios de representación. Antagonizar la materialidad de las peleas y lo identitario, o el reconocimiento, es fragmentar la crítica feminista y desplazarse a sus debates de antaño. La participación sí, pero sobre todo en los espacios de organización, en la cotidianidad.

Es así como proponemos que el debate no solo debe cuestionar la tensión participación - representación, sino que el reconocimiento es pieza clave en esta tensión, que puede agudizarla o no. Reconocimiento no es lo mismo que representación, pues pueden darse lugares de representación anulando todo reconocimiento, como por ejemplo las candidatas de relleno en las listas electorales de los partidos tradicionales, como también pueden darse espacios de pleno reconocimiento sin la necesidad expresa de una representación; y es allí donde centramos nuestro argumento, situado en el contexto de organizaciones sociales y políticas que le apuntan a una manera de relacionarnos y reconocernos con el otro y la otra de manera solidaria, y que partimos de la construcción colectiva de las confianzas para desde allí impulsar nuestras luchas.

Que hay que reflexionar sobre la institución. De acuerdo. Que hay que pensar la igualdad. También. Pero en clave de una pedagogía popular y feminista. No desde el lugar de enunciación cognoscente y abarcable que considera a la mujer como única y que padece la opresión solo de los hombres.

En tal afirmación está su contrario. No todos los hombres gozan de la posición de privilegio y no todos los hombres en relación a las mujeres, gozan de superioridad. Por lo que la crítica al hombre de izquierda, idealizado como encarnación del patriarcado, no es asimilable. Si no hay una mujer, tampoco un hombre. Que en la sociedad haya asimetrías más palpables, las hay pero que de ninguna manera pasan como homologables y como producciones esenciales sobre lo que es tal o cual cosa.

Por supuesto que hay que denunciar allí donde la práctica machista-patriarcal opera, donde exista cualquier injusticia sobre nosotras. Pero generalizar las opresiones esencializando el género es producir una matriz dicotómica, con atributos propios.

El asunto es qué relaciones construimos día a día y en qué grado de compromiso nos tomamos en serio la reflexión sobre el feminismo. No solo desde el aparecer o el no aparecer, desde cuál espacio institucional o de representación. El asunto es más complicado porque es la experiencia diversa y colectiva de cada una de nosotras.

Exaltar tales o cuales espacios de representación significa asumir la misma dinámica de creer que son esos espacios los que escriben la historia. Así mismo, denunciar demeritando y caricaturizando los lugares cotidianos de vida, lleva a omitir que el hecho de asumir desde el lugar de lo femenino un rol de combatiente, dejado por los imaginarios solamente a los ejemplares masculinos, configura ya una ruptura con la matriz conservadora.

Sin embargo, la vocería y la representación que han tenido las mujeres es mínima en el proceso que creemos, y que debemos reconocer los alcances del mismo, pues este no acaba el 26 de septiembre. Y hasta ahora ha sido mínima porque no hemos logrado conquistar posiciones, porque no nos han dejado ser, porque se considera que hay contradicciones más importantes, porque es una sociedad aún con rasgos tradicionales, porque la historia de nuestros pueblos ha sido androcéntrica. Sin embargo, esto no es para todas y cada una de las experiencias homologable. Por lo que pasar como silencios las peleas que hemos dado es desconocer -ahí si jugamos con el reconocimiento- las victorias de muchas en los espacios de decisión, en las instancias de definición colectiva, en la lucha cotidiana por otras formas de relación, etc. No hemos guardado silencio, por lo menos, no todas.

Si guardar silencio es arrojarse al purismo de una representación escenomatográfica lo hemos hecho. Pero no en el sentido que se le atribuye, como tolerancia y caricatura, sino, porque nos hemos jugado el compromiso en otros espacios, en otras relaciones que creemos no menos importantes, y porque afirmamos que el reconocimiento de nuestras luchas no está mediado por las representaciones, sino por nuestra confianza en el proyecto colectivo al que le apostamos.

El guardar silencio, y el equiparar toda la experiencia feminista es caer en el círculo de las representaciones y de su polaridad. Al igual, la diversa responsabilidad de los hechos no puede partir de una contradicción única, de un principio articulador de un todo. Señalar la inexistencia o la mínima representación de las mujeres en la dirección de las Farc-ep y a continuación presentar como intolerable un especial de Soho en el que aparecen exguerrilleras desnudas y maquillándose de ningún punto de vista es homologable. Son hechos diferentes, criticables, pero que no tienen una continuidad evidente, o solamente evidente si se limita el horizonte a lo presentado por los medios de comunicación.

Por ejemplo, comparar con el mismo rasero el reconocimiento y los espacios de representación adquiridos por las mujeres en la ciudad y en el campo con respecto a las que han optado por la vida guerrillera es partir de un lugar de enunciación privilegiado, en el que resulta sencillo homologar distancias en situaciones diferentes, sin reconocer que están mediadas por dinámicas de conflicto distintas, en las que resulta un triunfo ser representadas en los medios ya no como una máquina de guerra, sino que paulatinamente recuperan su identidad deshumanizada desde la vida cotidiana del cliché de feminidad; progresivamente, y ya en los medios alternativos, se las muestra en su lugar de dirigentes de sus vidas y del futuro partido. La invitación es a reconocer el alcance del momento político, sin dejar de lado nuestra trayectoria de lucha, y nuestra, aquí sí, vocación de poder.

No más que ellas, las guerrilleras de las Farc-ep, sabrán como pelear dentro de las estructuras propias de un ejército campesino, vertical y en tránsito a la vida política abierta. No creemos que toleren todas las desigualdades que las oprimen, ni que sean solo sujetas de la más encarnizada sujeción patriarcal. Ellas, al igual que muchas de nosotras, han sabido, o sabrán cómo encontrar esos caminos para hacer de su experiencia política y de su proceso, el espacio posible de realización. Son también sujetas políticas, que sostienen que su reconocimiento no se mide por los lugares de representación.

Nuestra tarea, eso sí, es de compartir experiencias, saberes, diálogos, arroparnos con la más extrema complicidad. No abandonamos los momentos de conspiración ni la más radical sororidad.

Los caminos que abrimos muchas no son vanguardias ni salvaciones de nadie. Nos liberamos liberándonos. No con la presión de un silencio, que pasa como si fuera de todas.

Se trata de un nuevo estar en el mundo, de la confluencia de los más variados matices y colores. De la reflexión crítica y autocrítica de nuestra militancia, y de las experiencias de resistencia, que no son solo por y para mujeres, sino que se conjugan con la denuncia de las más variadas opresiones.

Por eso no consideramos un feminismo acabado, universal y válido para todas las circunstancias. Creemos en un proyecto inacabado, crítico, creativo, compartido, provocador, subversivo e incómodo.

Hay que discutir en su totalidad el enfoque de género y preguntarnos por su implementación, interviniendo desde cada uno de nuestros lugares. La cosa no es menor, se trata de un reconocimiento, aunque insuficiente, importante, de la participación de las mujeres en los acuerdos.

Queda un sin sabor con los otros y otras que han sido también vencidos de la historia y que queda solo rememorar: las diversidades sexuales, las personas en situación de discapacidad, y las más diversas configuraciones de intersecciones de poder en los cuerpos de las mujeres. El momento de la redención solo alumbra donde el pasado encandece en el presente con su destello.

El silencio no es la opción, pero todas no estamos en silencio.

Con todo respeto,

Militantes de la Escuela Popular Tierra y Libertad

Unidad de Procesos Populares