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Seguridad alimentaria y biocombustibles: dos cuestiones actuales en el mundo
Brian Alvarado Pino / Viernes 27 de marzo de 2009
 

Desde hace ya varios años el mundo se dio cuenta del grave daño que se le ha hecho a la capa de ozono por culpa de las emisiones tóxicas producidas por la industria y en general por combustibles fósiles no renovables.

Por ello en 1997 la mayoría de los países del mundo decidió hacer un acuerdo sobre la reducción de emisiones de varios gases efecto invernadero, acuerdo firmado en la ciudad japonesa de Kioto (Protocolo de Kioto).

Sin embargo, uno de los principales países que contaminan no lo ratificó, y por lo tanto no lo ha hecho valer; siendo éste una de las potencias mundiales, ergo una de las industrias más grandes: Estados Unidos.

No obstante, este mismo país ahora es el principal promotor de la producción de biocombustibles en el mundo, con dos argumentos fundamentales: el primero, contrarrestar las alzas en el precio del petróleo; y el segundo, buscar energías alternativas a los combustibles fósiles para reducir la contaminación y el detrimento de la capa de ozono que está ocasionando el calentamiento global.

El primer argumento es totalmente creíble, pero el segundo se pone en duda al Estados Unidos rehusarse a firmar el Protocolo de Kioto como lo hicieron todos los países del mundo. Más que ser un argumento en pro del bienestar del medio ambiente y de la salud de las personas, es un sofisma que encubre el gran negocio que significa la producción de biocombustibles.

“Países como Brasil, EU y algunos del sudeste asiático y la Comunidad Europea, han fortalecido sus programas de producción de biocombustibles a partir del uso de fuentes renovables, consideradas también alimenticias, tales como granos (maíz, sorgo y trigo), azúcares (caña y remolacha), almidón (yuca) y oleaginosas (soya, palma y colza).

Así, por ejemplo, la producción de etanol en EU a partir de maíz fue de 15 mil millones de litros en el 2005, y ésta podría alcanzar los 37 mil millones en el 2010, lo que representaría usar el 30% del maíz producido en los campos de Estados Unidos” [1].

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés), este fenómeno de los biocombustibles, tal y como se viene desarrollando actualmente, ha provocado la desnutrición y el hambre a casi mil millones de personas en América Latina, África, sudeste asiático, China e India, por el alza en un poco más de la mitad en el precio de los alimentos como el maíz y el trigo, ya que la prioridad para países como Brasil, EU y algunos de la Comunidad Europea es producir estos alimentos para la fabricación de biocombustibles y no para alimentar.

Este panorama nos muestra algo verdaderamente atroz y cruel: mientras millones y millones de personas han muerto, y aún siguen muriendo, en los lugares y las condiciones más paupérrimas que se puedan imaginar, por el hambre y la insalubridad, sin la más mínima posibilidad de ayuda, a algunos países ricos del mundo, ya sea en biodiversidad o en industria, se les ha ocurrido la brillante idea de convertir el alimento en combustible, como si las máquinas fuesen más importantes que una vida humana, y es posible que así sea, por lo menos para el comercio y la industria lo ha sido desde siempre.

Sin embargo, debe aclararse que no se le está echando la culpa (total) del hambre que hay en el mundo a la producción de biocombustibles, o por lo menos no del todo.

No, está tragedia es de antaño en el mundo, la cual tiene diferentes causas como la concentración de la riqueza y la desigual distribución de la tierra en la mayoría de lugares del planeta, sólo que el revolcón que ha provocado la producción de biocombustibles ha venido a profundizar la crisis alimentaria en el mundo y ha hecho que últimamente haya una “leve” escasez de alimentos.

Con lo expuesto anteriormente surgen preguntas: ¿Será que la solución para contener el calentamiento global son los biocombustibles? ¿No es contradictorio querer salvar al mundo de una posible tragedia ambiental que se vendría con el calentamiento global mientras que se produce más hambre? ¿Para quién se está “salvando” el mundo y el medio ambiente? ¿Para los empresarios y las industrias?

Creo que la primera de las preguntas tiene una única respuesta: No; los biocombustibles, si bien con su uso pueden mitigar la contaminación, no son la solución, porque el calentamiento global y el detrimento de la capa ozono sólo es posible aliviarlos, por lo menos en algo, simplemente dejando de contaminar definitivamente, y ni siquiera la disminución de la emisión de gases efecto invernadero es la solución, ya que lo único que se haría es aplazar más una gran tragedia ambiental, no erradicarla de raíz.

Además, el problema de la seguridad alimentaria en el mundo, como ya dijimos, no es sólo cuestión de la producción de biocombustibles.

A pesar de que actualmente la seguridad alimentaria es un tema fundamental en las agendas políticas y sociales del mundo, no se ven muy claros cuáles son los métodos, medidas o maneras con las cuales se va a hacer frente a una posible crisis alimentaria en el mundo, porque los objetivos y necesidades si están muy claros.

Se han propuesto miles y miles de alternativas y soluciones para contener una gran crisis alimentaria y ambiental, pero parece que a los gobernantes del mundo les falta voluntad porque sus bolsillos e intereses comerciales se verán gravemente afectados.

Por un lado, la renta que significa la venta de biocombustibles para países como Brasil o Estados Unidos es enorme y por otro los precios elevadísimos que últimamente han adquirido los alimentos básicos (como el maíz o el trigo) es otro dividendo que no pueden dejar de captar los países productores.

Dineros que no van precisamente a generar empleo, garantizar condiciones sanitarias dignas, aliviar el hambre o fomentar el desarrollo de la agricultura para generar seguridad o soberanía alimentaria en el mundo, sino que por el contrario se toman para seguir fomentando ese comercio e industrias injustos e inequitativos.

Y he aquí otra cuestión importante: para instituciones como la FAO, Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial y diferentes gobiernos del mundo, la seguridad alimentaria, a su manera, se ha convertido en un punto “importante” en sus agendas públicas. Y digo “a su manera”, porque ha dado un giro en los términos: seguridad alimentaria y soberanía alimentaria.

Seguridad alimentaria, grosso modo, es la posibilidad que tienen los habitantes de un país de adquirir sus alimentos diarios de forma sostenible, o como la misma FAO dice: “Existe seguridad alimentaria cuando toda la gente, en todo momento, tiene acceso físico y económico a suficiente alimento nutricional y en forma segura, con el fin de suplir sus necesidades dietéticas y preferencias alimenticias para una vida activa y saludable”.

Tal definición suena muy bonita y convincente, pero ¿qué esconde detrás de ella?

Primero, deja de lado la posibilidad de que la agricultura nativa de los países se desarrolle, es decir, no importa de dónde venga el trigo con el cual se fabricó el pan que mucha gente se come al desayuno, lo importante es hay las posibilidades física (“reales”) de adquirirlo, pero sucede que de esta estrategia sólo se benefician países industrializados y con un agro fuerte y protegido, como EU, que producen y exportan trigo en grandes cantidades a países del Tercer Mundo, como Colombia, que bien podrían producir su propio trigo.

Y no es que se esté en contra de la importación, sólo que a los gobiernos de la última década les ha parecido más importante favorecer la entrada de productos extranjeros que el desarrollo de la agricultura del país, que en últimas terminan perjudicando a ésta, obligándola casi a desaparecer o supeditándola a las injustas e inequitativas reglas del llamado libre comercio, y más cuando el escenario de negociación o “concertación” de este tipo de modelos se hace entre países tan desiguales, en todo aspecto, como EU o los de la Comunidad Europea y los países del Tercer Mundo como los de América Latina.

Es por eso que en este juego de palabras se ha dejado de lado, y casi a la desolación, un término mucho más justo e importante para países como los nuestros, la soberanía alimentaria, que muchos defensores del modelo anteriormente descrito han insistido en obviar, o simplemente de manera descarada han querido hacer ver como iguales a los dos en pro de definiciones como las de la FAO.

La seguridad alimentaria va mucho más allá de la simple posibilidad física de adquirir los alimentos necesarios para la vida diaria.

“El concepto de soberanía alimentaria fue desarrollado por Vía Campesina y llevado al debate público con ocasión de la Cumbre Mundial de la Alimentación en 1996, y ofrece una alternativa a las políticas neoliberales. Desde entonces, dicho concepto se ha convertido en un tema mayor del debate agrario internacional, inclusive en el seno de las instancias de las Naciones Unidas. Fue el tema principal del foro ONG paralelo a la cumbre mundial de la alimentación de la FAO de junio del 2000” [2].

La seguridad alimentaria aboga por el derecho que tienen los pueblos a definir sus propias políticas agrarias, “el derecho de los campesinos a producir alimentos y el derecho de los consumidores a poder decidir lo que quieren consumir y, cómo y quién se lo produce” [3].

No obstante, los gobiernos de las mayoría de países de la comunidad internacional y la institucionalidad supranacional e intergubernamental han hecho casi oídos sordos a este tipo de debates, y por tanto, la crisis alimentaria no es vaticinio muy, muy lejano.

No, es algo que ya está afectando los bolsillos, las neveras, alacenas y estómagos de millones y millones en el mundo, sobre todo en países del Tercer Mundo como Colombia, por consiguiente, “la crisis de la comida ya llegó. Se expresa en el alza de sus precios en 7,15% de enero a abril (2008). La inflación total de la economía es 4,15%, cifra en la que pesan los alimentos, ya que el gasto de los hogares en ese renglón es el 33% de su ingreso. En los últimos 15 meses, las harinas subieron 23,26%, las pastas 32,54%, el pan 16,1% y los aceites 37,95%; todo lo cual tiene que ver con que en 1990 se producían 123 kilos de cereales por habitante y en 2007 fueron 92, con que se importe el 65% del maíz, el 95% del trigo, el 99% de la cebada; la lenteja, el garbanzo y la arveja seca, el 33% del fríjol, con que sólo se produzcan cien mil toneladas de sorgo y 50 mil de soya y con que el PIB agropecuario crezca mucho menos que el resto de la economía” [4].

La idea de producir biocombustibles es una idea que podría ayudar, en principio, a aliviar el problema del medio ambiente en mundo y no seguir dependiendo exclusivamente del petróleo, aunque como ya dijimos no es una solución radical si se sigue contaminando, pero, si se quiere evitar una catástrofe alimentaria mayor, la producción de biocombustibles debe hacerse de una forma responsable y planificada conscientemente, pensando en no quitarle a un niño más de América Latina o África el pan de su boca.

“Venezuela y Cuba están incentivando la producción de bioetanol únicamente a partir de la caña de azúcar. Su preocupación por el riesgo alimentario es parte de la agenda política de los presidentes Chávez y Castro. Así por ejemplo, Venezuela invertirá, bajo la asesoría de Cuba, casi 1.500 millones de dólares los próximos cinco años para la construcción de cerca de 14 centrales azucareras y la siembra de 300 mil hectáreas de caña de azúcar que le permitan producir 25 mil barriles diarios de etanol” [5].

Y si verdaderamente el mundo hoy en día está preocupado por contener ese cambio climático que el planeta ha estado viviendo en los últimos años, deberíamos seguir una de las recomendaciones del ex presidente cubano Fidel Castro: “Todos los países del mundo, ricos y pobres, sin ninguna excepción, podrían ahorrarse millones de dólares en energía simplemente cambiando todos los bombillos incandescentes por bombillos fluorescentes, algo que Cuba ha llevado a cabo en todos los hogares del país. Eso significaría un respiro para resistir el cambio climático sin matar de hambre a las masas pobres del mundo” [6].

Además, a los problemas ya mencionados que acarrea la producción de biocombustibles, de la forma actual cómo se hace, se le suma otro también muy grave y es el riesgo que hay en que la tierra pierda su utilidad verdadera y necesaria.

Es decir, en países como el nuestro, Colombia, la producción de biocombustibles se centra en la caña de azúcar y el aceite de palma, alrededor de la siembra de esta última se han suscitado una gran cantidad de debates, ya que la política del gobierno actual de Álvaro Uribe Vélez ha promovido la siembra masiva de palma en detrimento de otros cultivos más necesarios para el consumo humano.

Los monocultivos de palma a largo plazo no sólo acaban con la posibilidad de sembrar otros cultivos más vitales, sino que también a largo plazo acaban con la fertilidad y utilidad verdadera que determinada tierra tiene para el desarrollo de una agricultura que genere posibilidades de alimentar a la población.

En conclusión, aunque el problema del calentamiento global y la gran catástrofe ambiental que ello acarrea es una cuestión que debe generar preocupación en la población mundial y así mismo debates que produzcan soluciones, no debe utilizarse esto como escudo para no ver los graves problemas que crea la producción irresponsable de biocombustibles y los verdaderos intereses (monetarios) que hay detrás de todo esto.

La producción de biocombustibles no es puramente mala, puede hacerse de una forma responsable y consciente.

Sin embargo, sería preferible que mientras se utiliza alimento para hacer andar una máquina, debería utilizarse para darle de comer a los más de 800 ó 900 millones de personas que se encuentran hambrientas en el mundo, pero tal y cómo están la cosas es imposible que la generación de dichos biocombustibles se pare, así que lo único que debe esperarse o hacerse son políticas que no incentiven más el hambre o por lo menos la sociedad civil tiene la responsabilidad de presionar a sus gobiernos para que el costo de vida y los alimentos no se vean afectados por el hecho del gran negocio de los biocombustibles, y esa misma sociedad civil debe abogar porque su dieta básica sea respetada, garantizada y protegida y su agricultura se desarrolle no en pro de hacer combustibles para las máquinas, sino para alimentar a la población.

La sociedad civil y los sectores políticos progresistas de ésta misma deben defender, más que un modelo de seguridad alimentaria, un modelo de soberanía alimentaria, ya que los sectores políticos tradicionales parecen estar siempre a favor de políticas y decisiones que erosionan el bienestar de la mayoría.

[1] Artículo: “Biocombustibles o alimentos” de Rodrigo Torres, profesor de la Escuela de Química, Universidad Industrial de Santander.

[2] Artículo: “Qué es la soberanía alimentaria” de Vía Campesina. http://www.ecoportal.net/content/vi...

[3] Ibídem.

[4] Artículo: “El problema es la seguridad alimentaria nacional” de Aurelio Suárez, experto en temas agrícolas.

[5] Artículo: “Biocombustibles o alimentos” de Rodrigo Torres, profesor de la Escuela de Química, Universidad Industrial de Santander.

[6] Fidel Castro Ruz, «Condenados a muerte prematura por hambre y sed más de tres mil millones de personas en el mundo», Granma, 29 de marzo de 2007.