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Columna de opinión
Aquí huele a azufre, diría Chávez
Shameel Thahir Silva / Lunes 3 de abril de 2017
 

En un momento en el que todo el mundo da su opinión sobre lo que ocurre en Venezuela, no me quería quedar por fuera del debate. Quiero hacer un esfuerzo por poner sobre la mesa lo que Venezuela significa para mí desde la política, vista como el arte de hacer posible lo que la mayoría considera justo.

Hace unos días, en un debate en una de las universidades en las que trabajo, insistí en algo que enseño en mis clases de ideas políticas, que generalmente muchos olvidan cuando de política se trata y que señaló Maquiavelo hace mucho tiempo: la política no es lo mismo que la moral. Lo bueno y lo malo en política depende de los intereses que te mueven y a partir de ahí se debe entender también que la política no es un ejercicio exclusivamente racional (entre otras cosas, porque la racionalidad como proyecto base de la modernidad fracasó, de lo contrario no se entiende que Trump sea presidente o que en Colombia se votara a favor de la guerra). Todos involucramos nuestros sentimientos y pasiones en nuestras ideas y acciones políticas y precisamente por esto muchas veces no hay consecuencia entre una cosa y la otra. Pero si sacas la pasión de tus análisis, la comprensión de la política siempre estará coja.

No estoy justificando esa inconsecuencia que no tiene etiqueta entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace (ocurre desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda). Solo creo que es uno de las contradicciones propias de quienes se piensan la política desde un punto de vista transformador de la sociedad en clave de avanzar como humanidad hacia un mundo mejor y es algo que estamos llamados a corregir desde lo individual hacia lo colectivo.

En este mismo orden de ideas, todos tenemos una posición política que se puede etiquetar. Al mismo tiempo no es fija en el tiempo, así como para un tema muy especifico puedes ser muy liberal para otros serás ultragodo y aun así puede que las etiquetas de ese momento se inviertan si tu experiencia vital te lleva a eso … así es la humanidad.

Venezuela no es lo mismo para muchos. En mi caso personal (y creo de manera análoga para muchos de mi generación) observé con entusiasmo mientras me formaba como politólogo en medio del segundo gobierno de Álvaro Uribe Vélez cómo en el país vecino un líder se parecía a su pueblo y ponía el aparato estatal a su servicio. Me di cuenta que sí era posible plantearse como horizonte colectivo el socialismo. Me di cuenta que era necesario ser antiimperialista en los tiempos que vivimos y entendí la importancia de Bolívar en la construcción del continente de los pueblos que todas queremos.

Con Venezuela entendí también que es cierto el interés del gobierno de los Estados Unidos de América de mantener el control sobre nuestros territorios y que harán lo que sea necesario para hacerlo. Con Venezuela me di cuenta que era legitimo señalar que las FARC-EP y el ELN son movimientos político-militares de carácter insurgente, ya que fue el mismo Chávez, desde la Asamblea Nacional del hermano país, quien le dijo eso al mundo, entre otras cosas para ambientar la necesidad de una salida política y negociada a nuestro conflicto armado. Venezuela me enseñó a ser valiente, audaz, a formarme para hacer política y sobre todo a atreverme a soñar un nuevo país.

En muchos espacios recuerdo que mi formación como politólogo fue más allá de lo que me enseñaron en las aulas de la Universidad Nacional de Colombia y en ese orden de ideas tengo que señalar que muchas de mis reflexiones – cargadas más de pasiones que de ideas solidas y en muchos casos muy muy panfletarias - en mis años de estudiante de pregrado tenían el proceso político venezolano liderado por Hugo Chávez como insumo de las mismas.

Hay algo muy cierto en todo este debate que genera Venezuela hoy y es el hiperliderazgo y el daño que le hace al empoderamiento de las comunidades llamadas a cambiar su realidad. También es cierto que la dependencia del petróleo, el modelo rentista de capitalismo de Estado, también estaba desde hace años; de hecho es un problema que explica de cierta manera las dificultades que tienen los diversos gobiernos de cambio de Nuestro América hoy en día.

También es cierto que con la estructura de poder de los Estados y sistemas políticos en América Latina la manera para enfrentarlos desde la política electoral liberal fue efectivamente la vía populista con todos sus pros y contras.

Entendiendo que en el momento en el que se llega al poder desde la vía populista no eres exclusivamente un gobierno anti-capitalista, eres un gobierno que tiene que resolverle los problemas a su gente y sobre todo con el deber de cerrar la brecha social; por lo tanto ¿de dónde sacas los recursos para hacerlo en el corto plazo que tienes como gobierno (una fuente diferente a la economía extractiva, empezar a construir hegemonía para consolidar el proceso de cambio) y al tiempo no arriesgarte a perder el poder del gobierno por el acoso de los poderes financieros, económicos y tras-nacionales que te presionan desde el primer día?

Venezuela hoy está en crisis política, económica y social, sí, es innegable. Pero es muy diferente entender que el problema actual es consecuencia de las medidas de los últimos 18 años de manera acrítica y sin establecer las salvedades del caso, a poner todo en su debido contexto. En medio de la inmediatez de la información es difícil hacer análisis juiciosos, pero también es imposible desprenderse, por lo menos en mi caso, y sé que para muchos, de todo el cariño que cultivamos con el proceso venezolano en todo este tiempo.

Así como no se puede dejar por fuera la corrupción actual, el derroche y los errores del gobierno en no profundizar el empoderamiento de las comunidades que dice representar, tampoco se puede dejar de lado la matriz mediática que se quiere imponer señalando con beligerancia “¡dictadura!¡dictadura!”, siendo lo suficientemente hipócritas y canallas de guardar silencio ante la precariedad democrática, por ser muy benevolente, de lo que ocurre en nuestro propio país, en donde nos están asesinando y desconocen desde las instituciones, que miran la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, procesos como revocatorias o consultas populares.

Párrafo aparte merecen todos esos opinadores que nunca han militado en nada, y como nunca se han untado de pueblo se creen con la “independencia” para señalar los problemas de Venezuela al igual que señalan los problemas en Colombia o Timbuctu. Para quien no se ha formado en las calles en la pelea social y viene desde la academia o tiene como deporte cambiar el mundo desde cualquier cafetín bohemio (o hipster) de hoy, Venezuela nunca ha significado esperanza, solo significa que ellos tienen la razón. ¡Bien por ellos (y ellas)!

Escribo estos sin ganas de dar conclusiones, escribo esto advirtiendo lo mal que huele toda esta densidad pesada de los problemas que atravesamos como continente hoy por hoy ¡peor que el azufre! Escribo esto mientras escucho los nuevos trabajos musicales de Residente y devolviéndome a clásicos de Calle 13 como Latinoamérica. Escribo con la expectativa de que este domingo se confirme que sigue un gobierno de Alianza País en Ecuador siendo consciente de las contradicciones de los años de gobierno de Rafael Correa. Escribo esto desde el corazón y no desde la cabeza porque soy sobre todo un bolivariano que quiere ayudar a cambiar su país y que le duele lo que pasa en Nuestra América.