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Análisis
La ruralidad: la antítesis del neoliberalismo
Una de las luchas más criminales que se están desarrollando para acabar con la ruralidad, es desde el campo educativo
Johan Mendoza Torres / Martes 28 de noviembre de 2017
 
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Foto: Bibiana Ramírez, Agencia Prensa Rural

Parece ser que quien tiene el poder no necesita utopías porque tiene en sus manos el usufructo y la explotación como fuentes de sublimación de todos sus deseos. ¿Qué le importa a un empresario urbano la belleza de una tarde que arropa el monte? ¿Qué le importa a un empresario sediento exclusivamente de dinero una madrugadita bien ordeñada? ¿Le importará el “buenos días” y las “buenas tardes”?

El campo está bajo un ataque tremendo desde todos los frentes: violencia, desigualdad en la tenencia de la tierra, desarraigo, exclusión social, cultural y educativa, abandono jurídico y por ende pervivencia con la impunidad. La solución parece lejana pero vea que ni tanto, pues aunque el corazón de la política institucional late en las ciudades, el corazón de la lucha política popular late en el campo colombiano.

Una de las luchas más criminales que se están desarrollando para acabar con la ruralidad, es desde el campo educativo. Pues desde las ciudades, las soluciones para el problema del campo, pasan exclusivamente por lo jurídico, o bien pasan por repasar y articular los postulados del neoliberalismo a la lógica rural.

Por eso, la escuela en la ciudad se tecnifica bajo banderas de calidad y eficiencia, se suprime paulatinamente la teoría para condenar al estudiante a insertarse en el mercado y no a insertarse en el sueño del conocimiento o de una sociedad mejor, pues a la final, para un neoliberal no existe una sociedad mejor que la sociedad basada en el mercado. No importa que la mayoría esté literalmente jodida, ya que la perversidad del modelo ha puesto en la boca de muchos colombianos la idea que tristemente dice: “mientras yo esté bien, el resto que se....”.

En las ciudades las únicas necesidades del estudiante se supone son saneadas por el mercado, por ende, la ruralidad sufre las peores consecuencias, pues en la práctica discursiva todas las voces que emergen de la ruralidad no les son útiles al neoliberalismo en absolutamente nada. La ruralidad es lo contrario, es la antítesis, es el agua para el aceitoso discurso ideológico neoliberal que gobierna Colombia.

La ruralidad es lo colectivo, es lo comunitario contra el individualismo recalcitrante neoliberal. La ruralidad representa el lugar donde el tiempo no es dinero, sino que el tiempo es la contemplación del crecimiento de la vida, del alimento, es el lugar de la austeridad porque la tranquilidad es más valiosa que un cúmulo de objetos innecesarios, la ruralidad es la cuna del silencio contra la sobreestimulación visual y auditiva urbana, es el lugar del bajo consumo, el lugar donde las necesidades innecesarias perecen ante la sociología relacional e histórica de la sociedad rural. El campo, la ruralidad, la educación rural son la antítesis por antonomasia de la propuesta neoliberal, por ello, las luchas políticas que hoy se desarrollan en el campo demuestran por larga ventaja, ser el estado más avanzado de organización política que vive el país.

Ese estado avanzado de organización política, está siendo atacado por la lógica educacional neoliberal. No les ha bastado en razón del modelo económico, matar campesinos, dirigentes rurales y agrarios, no les ha bastado el despojo, el abandono. No. Nada de eso les basta, pues para un neoliberal es necesario que se desarticule el yacimiento de la esperanza trasformadora, es decir, que se elimine toda posibilidad de organización política. La política, mientras no esté bajo su control es el enemigo número uno de un neoliberal.

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Foto: Bibiana Ramírez, Agencia Prensa Rural.

Hemos visto cómo en ocasiones los intereses particulares de grupos campesinos chocan entre sí con otros intereses similares. Hemos vistos cómo el licor en ocasiones para muchos se ha convertido en la forma de salir de la realidad consciente que resulta realmente tan difícil y tan adversa.

La resistencia organizada y amplia contra el ataque proveniente de esa ideología neoliberal, debe emerger desde un proyecto común de educación rural, que en primera medida destruya las bases epistemológicas que siguen forjando programas de bancarización del campesino, de transformación del campesino en empresario, pues eso no tiene nada que ver con la educación rural, sino con la desarticulación de la ruralidad desde la lógica neoliberal, que es radicalmente urbana.

La reconfiguración del campo educativo rural, tiene que depender del reconocimiento de los factores educacionales que más oprimen a los campesinos y posteriormente dar un salto, como ya lo están haciendo varias organizaciones, a la consolidación de estructuras educativas campesinas, realmente libertarias que consoliden la base de la organización política.

Desde el campo, la lucha política ha demostrado que no sucumbe ni a la muerte, ni a la pobreza, ni al hambre, ni a la estigmatización. ¿Por qué no dejan ya su lucha? Se pregunta un neoliberal desesperado. Es sencillo, el contexto rural, por sí solo es la antítesis de la sociedad de mercado, y a diferencia de las ciudades donde la gente está bombardeada con miles de productos, el único mecanismo que tienen para distraer a la sociedad campesina es el licor y las fiestas, no obstante, ni así pueden romper el empeño organizativo, pues la realidad pesa tanto y el licor es tan caro, que no basta una borrachera para vender los ideales políticos.

Es en la educación rural donde se haya el elemento unificador del malestar social y es de la educación rural autóctona de donde surgirán las posibilidades de consolidar organizaciones más y más grandes. En un proceso educativo, se halla inmerso el carácter más peligroso para el neoliberalismo: desnudar las formas no violentas en las que funciona y engaña a nuestra sociedad. Ahí, radica el poder más tremendo del neoliberalismo, y el campo, como ya se ha dicho, tiene la ventaja, tiene la esperanza.