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Monsanto Mata
La Monsanto y la expansión del desierto verde en Argentina
María de Estrada / Lunes 4 de junio de 2007
 

La Argentina producirá este año 34.5 millones de toneladas de soya transgénica (el 50% del total de la producción de granos) en algo más de 14 millones de hectáreas (el 54% de la superficie sembrada). El 99% de esa soya es transgénica, la cual tiene por destino principal la exportación para el consumo foráneo de la Unión Europea y China, quienes utilizan esta soya para la cría de ganado, que exportan a mercados que han dejado de importar carne argentina porque su producción bovina a cielo abierto y en pasturas naturales ha sido afectada por la expansión descontrolada de la soya transgénica. Así, produciendo materias primas en lugar de alimentos y productos industriales, el gobierno obtiene divisas para pagar la ilegítima deuda externa.

La política de Monsanto debe analizarse en el contexto internacional, porque así es como es llevada acabo. No se trata del caso aislado de uno u otro país, sino que es una estrategia de control que se aplica sistemáticamente en diferentes partes del mundo, inclusive en los mismos Estados Unidos. En aquellos países donde su política puede realizarse de forma más violenta (ese sería el caso de Colombia, por ejemplo) su accionar puede ser denunciado de un modo más claro y preciso, pero la política empresarial también es un recurso para continuar poniendo países enteros bajo el yugo de sus intereses.

Argentina fue reconocida durante muchos años como el “granero del mundo”, título que recibió por haberse incorporado a la división internacional del trabajo a fines del siglo XIX y principios del XX. Este modelo, desarrollado con base en las fértiles llanuras templadas del país y la mano de obra inmigrante europea, fue el encargado de proveer de fibras y proteínas a la incipiente Europa industrial. La exportación de granos generó las divisas que en gran medida fueron invertidas para la generación del aparato industrial nacional.

Lejos de esta situación, hoy Argentina puede ser definida como un “desierto verde”. Las llanuras dejaron de ser la base para el desarrollo del país y se constituyeron en la fuente de ganancias para Monsanto y algunas trasnacionales más. Argentina se convirtió en un enclave sojero cuando no puede garantizar la alimentación de su población.

El proceso que llevó a la sojización del país se enmarca dentro de la financiarización de la economía, desregulación iniciada por la dictadura militar en 1976 y profundizada por el gobierno de Menem en los años noventa. Es en 1996 cuando se legisla a favor de la liberación de la soya transgénica en nuestras tierras. Esta soya RR modificada genéticamente es resistente al glifosato, pesticida de amplio espectro (el mismo que se utiliza en Colombia para fumigar las plantaciones de coca). De esta forma se crea el “paquete verde” integrado por esta soya transgénica y el herbicida glifosato. Al rociar con este veneno por sobre los cultivos lo único que resiste y se mantiene vivo es justamente esta variedad de semilla. Todo el resto de malezas, plantas y animales mueren. Es de destacar que la patente de la soya RR, y obviamente del veneno, son de Monsanto… (Este caso para la Argentina está actualmente en disputa y llevó, por ejemplo, a que Monsanto bloqueara en el 2005 un cargamento de esta soya transgénica que entraba a la Unión Europea).

Desde entonces, la superficie sembrada con este cultivo no paró de crecer exponencialmente, de 800.000 hectáreas en todo el país, hoy tenemos más de 13.000.000 y esto no se detiene. Después de Estados Unidos, Argentina es el país que más soya transgénica produce en el mundo, y la soya es, por supuesto, la mayor exportación de este país al mundo. Este avance, que se intenta vender al mundo como exitoso, es en realidad la ruina de Argentina. Los ejes sobre los que se desarrolla este modelo son simplemente una profundización de las bases sobre las que se desarrolló la Revolución Verde: monocultivo, uso intensivo de insumos agroquímicos, industrialización del campo, dependencia de las grandes corporaciones, cultivos para exportación. A esta base se le suma la utilización de la siembra directa que está absolutamente ligada al desarrollo de los transgénicos resistentes a herbicidas de los que la soya ha sido el primer ejemplo “exitoso”. Esto quedó demostrado en el 2002 cuando se dieron a conocer las cifras del Censo Agropecuario: entre 1990 y el 2002 desaparecieron más de 60.000 pequeños y medianos establecimientos rurales: para sembrar soya hay que disponer de capital suficiente para adquirir las semillas, el glifosato, la maquinaria necesaria, etc. Esto es por demás rentable para aquellos que disponen de fondos suficientes o grandes extensiones de tierras, pero no para aquellos campesinos que, en pequeñas parcelas, lograban un cultivo de subsistencia que ya no rinde. El monocultivo de soya avanza sobre ellos, sobre su cultura, sobre quien tenga que avanzar…

Las numerosas regalías que el gobierno argentino adquiere por la exportación de Soya, son la base de muchas de las políticas macroeconómicas del gobierno de Kirchner. Por más progresistas que estas parezcan, no se genera el debate sobre los devastadores efectos que apareja este modelo económico. El actual “éxito” argentino depende absolutamente de los precios del mercado internacional y del saqueo de un recurso natural no renovable: el suelo. Ningún modelo económico cuya base sea el monocultivo, la acumulación de tierras, la contaminación por el uso de un veneno tan potente como el glifosato, la expulsión de campesinos a las ciudades, es un modelo que se pueda considerar como válido.

“República Unida de la Soya” fue el nombre que una de estas mismas multinacionales utilizó para explicar su estrategia en el Cono Sur. Ésta incluía los territorios de diversos países vecinos donde la soya transgénica estaba consolidándose, territorios que hoy barren con la agricultura tradicional, los campesinos y las áreas naturales de Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay.

Como nos advierte Noam Chomsky: “hoy los golpes militares ya no son necesarios: hay formas más simples de estrangular a un país”. Imponer un modelo productivo es una de las estrategias.