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Jaime Garzón, la sonrisa sin dientes
Jaime Garzón, el genial impertinente, es el primer libro de Germán Izquierdo Manrique
Guillermo Angulo / Domingo 1ro de julio de 2012
 

El valor más grande de Jaime Garzón —enamorado de mujeres muy bellas— no era enfrentarse a Romaña, que lo quería mandar matar, ni tratar de entrevistar a Carlos Castaño para impedir que lo matara, ni osar ridiculizar al presidente, a los altos mandos militares y a los más importantes personajes del país. Su valor más grande era quitarse las prótesis y, con su sonrisa mueca, que exhibía sin pudor dos solitarios caninos, hacer olvidar su momentánea feúra con su provocadora y veloz inteligencia. La sonrisa más mordaz de Colombia no tenía dientes.

La emisora Radionet, el invento de Yamid Amat, era demasiado buena para ser comercialmente viable: empezó con 150 reporteros y redactores y murió con la languidez solitaria de cuatro redactores.

En Radionet lo conocí. Yo formaba parte de la llamada «cabina» (la de los comentaristas), conformada por Yamid Amat y su gran instinto periodístico; Néstor Morales y su tradicional simpatía; Diana Uribe, quien sabía exactamente la diferencia entre chiítas y sunitas y por qué a los kurdos no los querían ni iraquíes ni turcos ni rusos; Aída Luz Herrera, «La Gorda», con alto kilometraje en periodismo; Jorge Consuegra, una especie de Quijote de la difusión de la Cultura; y Gustavo Gómez y Jaime Garzón, los encargados de hacernos reír a nosotros en la cabina y, desde luego, al público. Yo llegaba puntualmente, en el preciso momento en que el himno nacional dejaba de sonar (segundo en el mundo, aunque por ripioso e insoportable debería ser el primero), y quince minutos más tarde entraba corriendo Diana Uribe. La parte humorística le tocaba a Jaime Garzón.

Yo pensaba que él preparaba minuciosamente sus libretos (como lo hacían en Zoociedad, Quac: el noticero y otros programas, con la ayuda de Eduardo Arias, Antonio Morales o Diego León Hoyos, y la increíble María Leona Santo Domingo), pero en la radio no. Recuerdo que una vez Yamid, sin advertírselo, cogió la página de cines, empezó a leer los títulos de las películas en cartelera, y Garzón le encontraba a cada una un sentido político-humorístico.

Como no tenía ni una pizca de prejuicio, en el primer descanso me llevaba café con leche y pandeyuca, comprado desde la noche anterior, así como a veces servía de mesero en el restaurante «El Patio», de Fernando Bernal, uno de sus mejores amigos. A la entrada de Radionet Garzón tenía estacionado su nuevo BMW: un convertible de indiscreto color rojo del cual estaba orgulloso.

En la madrugada del 13 de agosto de 1999 me adelanté, contra mi costumbre, sincronizada patrióticamente con el himno nacional: ese día llegué a Radionet 15 minutos antes. En el camino vi sobre la avenida 42B, pasando el semáforo de la calle 22F, una camioneta tipo Jeep chocada contra un poste, frente a una panadería, y pensé: un borrachito madrugador. Al llegar a la emisora aún no habían llegado Néstor ni Yamid, quienes solían abrir el programa de 6 a 9. Faltando dos minutos para las seis llegaron llorando. Yamid gritaba: ¡Mataron a Jaime! ¡Mataron a Jaime! Nadie entendía de qué Jaime se trataba, porque era imposible que alguien fuera capaz de matar a Jaime Garzón.

Ante la imposibilidad de que Yamid y Néstor lo hicieran, ya que no paraban de llorar, al dar las seis Aída Luz y yo decidimos empezar el programa. Después de las primeras palabras introductorias de Aída Luz, dando la triste noticia, yo, que ya sabía que quien lo había mandado matar era Castaño, con más sentimiento que responsabilidad dije al aire: «Señor Carlos Castaño: usted es un hijo de puta». Días después me encontré en la librería Lerner con mi amigo el poeta Mario Rivero, quien me saludó diciéndome: «Maestrico: ¿Usted todavía está vivo?» Ante mi cara de extrañeza él me tuvo que recordar la razón de su sorpresa, y yo le dije: «Poeta, tuve la suerte de que Castaño no oye Radionet».

En la emisora algunos teníamos la impresión de que Carlos Castaño era apenas el brazo armado, el ejecutor, pero no el autor intelectual del asesinato. Los menos, sospechábamos de los militares como sus verdaderos autores; otros tuvieron la precaución de callarse; y uno nos aconsejó prudencia, no decir nada por temor a una bomba. Era Chemas Escandón, periodista deportivo, traumatizado por la muerte de su padre, asesor del dictador Anastasio «Tachito» Somoza, muerto con su jefe en el bazucazo que destrozó su Mercedes y mató en 1970 al dictador nicaragüense y a su acompañante en Asunción —precisamente en la avenida Francisco Franco—. Y si el capo paramilitar negó haber mandado matar a Garzón, seguramente se debió a que ante las manifestaciones de luto y protesta en la Plaza de Bolívar de Bogotá se dio cuenta de su monstruoso error.

Pero nosotros no éramos los únicos en sospechar que los militares habían usado a su amigo Castaño para vengarse de las burlas que el humorista les hacía con su «Quemando Central», o por su intervención humanitaria ante grupos guerrilleros para conseguir la liberación de secuestrados —que ellos consideraban auxilio a la guerrilla—. Sobre esto Rafael Pardo Rueda escribió, en una columna publicada en El Espectador, el 15 de agosto de 1999: «Sin exagerar, más de cien familias le deben [a Garzón] la libertad de algún familiar».

Días antes de su muerte Garzón me contó que iba en su camioneta por una larga carretera de aspecto principal de Los Llanos. Un autobús corría paralelo a él y de pronto dio vuelta intempestivamente hacia la derecha para tomar una vía secundaria. Garzón chocó contra el bus y se fracturó no recuerdo si una o ambas piernas. El chofer del autobús explicó que él había creído que Garzón también iba a voltear a la derecha, porque más adelante esa carretera estaba interrumpida por un puente caído y el creía que todos los que transitaban por la zona lo sabían. Garzón fue llevado a un puesto de socorro, en un poblado cercano, donde lo entablillaron perfunctoriamente, y mientras ejecutaban esta dolorosa operación —no tenían anestesia— se acordó de que en el carro llevaba una bolsa con 80 millones de pesos, pago parcial de un rescate. Como pudo, regresó trabajosamente al vehículo y no encontró el dinero. Había unos soldados, quienes dijeron que un campesino —no había ninguno a la vista— les había dicho que habían llegado unos guerrilleros, «con armas y uniformes de fatiga privativos de las fuerzas armadas», que se habían llevado un maletín cuyo contenido desconocía. Esta era la investigación que estaba adelantando Garzón cuando lo mataron. Pero, ¿quién mató a Garzón?: la respuesta nos la dio proféticamente él mismo: «En este país nadie sabe quién mató a nadie. […] No se sabe quién mató a Galán, tampoco a Álvaro Gómez. A nadie». Pero es más importante que la sospecha de que fueron los militares venga del primer Ministro civil de Defensa que tuvo el país: Rafael Pardo Rueda, quien se preguntó en una columna publicada por El Espectador:

¿Por qué el ejército reacciona tan tarde? ¿Por qué los mandos del ejército no sabían que Garzón era hostilizado por altos militares? ¿Por qué Castaño desmiente su autoría y sí se le cree? Son preguntas que no pueden quedar en el aire ante la muerte de nuestro querido Jaime Garzón.

Nueve años después el mismo Pardo agregó:

Puede ser que Castaño haya participado en el asesinato de Jaime Garzón, pero lo más posible es que no sea el único.

Tal vez sea más directa y diciente esta declaración del hoy vicepresidente, Francisco Santos, quien cuando era periodista escribió lo siguiente, que de pronto hoy preferiría que no se citara: «En este caso no hay duda: a Jaime Garzón lo mató la extrema derecha militar».

Para recordar —y ayudarnos a recordar— los 10 años del asesinato de Garzón, Germán Izquierdo Manrique, un joven periodista de 30 años, acaba de publicar en Planeta su primer libro: Jaime Garzón, el genial impertinente. El título, que trae a la memoria a Cervantes, denuncia una de las características del autor: es un lector sin fatiga, además de melómano de tiempo completo, que incluso intentó estudiar canto cuando vivía en Alemania, mientras su madre ejercía funciones diplomáticas.

Germán es un joven periodista de Ciudad Viva, egresado de la Javeriana, y su libro en rigor no es una biografía sino un inteligente perfil largo, hecho a partir de los testimonios de 42 personas que se cruzaron en la vida de Garzón. Izquierdo no hace juicios de valor, no trata de psicoanalizar a su personaje, casi ni lo pinta con mano propia. Astutamente utiliza a sus entrevistados para que vayan haciendo un rico rompecabezas del personaje, armando ese complicado mosaico, como cuando Myriam Bautista (la «Compañerita») anota que «Garzón no era obsecuente con el poder»; o cuando, para decir lo generoso y desapegado a las cosas (¿manirroto?) que era nuestro personaje, su amiga, Claudia de Francisco, cita lo que decía Garzón, quien regalaba todo: «uno no debe tener nada viejo, salvo la mamá». Francisco Ortiz, quien con Paula Arenas formó el talentoso dueto detrás de Zoociedad, dice: «Él no era un imitador; él se robaba el alma de sus imitados». Lo que es cierto. El personaje imitado a veces era mejor que el original; y Garzón aprendía a hablar, a moverse, a comportarse y a pensar como él. Un cercano amigo, Antonio Morales, describe a Garzón como un «mañoso, que se las sabe todas; popular, lleno de humor». Y otro, Diego León Hoyos, lo define como «un anarquista, pero infantil; y eso es puro júbilo, es subversión de todo». Hasta Myles Frechette, el simpático «Virrey» que era uno de sus caricaturizables preferidos («Y el gringo ahí») lo admiraba: «Él les ayudaba a los colombianos a seguir con sus vidas y a reírse».

Germán tiene ojo para poner dentro de su contexto histórico y no perderse en el meandro de los múltiples programas humorísticos en los que Garzón participó, y citar los más pertinentes, sacando a relucir aquellos trozos que mantienen su actualidad, como cuando Godofredo Cínico Caspa (mi personaje favorito) elogiaba al entonces gobernador de Antioquia, Álvaro Uribe Vélez, defendiéndolo (hay una película mexicana que se llama No me defiendas, compadre):

Es que a Álvaro le cabe el país en la cabeza. Él vislumbra todo este gran país como una zona de orden público total, es decir, como un solo Convivir, caray. Donde la gente de bien —por fin— podamos disfrutar de la renta en paz, como debe ser. ¡Y será él quien por fin traiga a los redentores soldados norteamericanos, quienes humanizarán el conflicto y harán de Uribe Vélez el dictador que este país necesita! ¡Buenas noches!

También Nestor Elí, el portero de la Casa Colombia, tenía inclinaciones proféticas, como cuando le hizo por teléfono esta actual referencia suya a Fabio Valencia Cossio:

¿Doctor Valencia Cossio? ¡Huy! Para pedirle un puesto para mi hermano Leopoldo. Sí, de esos que usted reparte. Como usted es tan buen hermano...

Su humor le alcanzaba incluso para presentir su propia muerte: «A mí no me da miedo que me maten; a mí me da miedo que me dejen como a Navarro Wolf».

La Macarena y sus barrios limítrofes, La Perseverancia y San Diego, le rindieron un emocionante homenaje a su vecino, Garzón: la gente del pueblo, los escasos intelectuales, sus amigos, sus admiradores y muchos estudiantes llenaron con rosas una pared blanca sobre la carrera Quinta en actitud de llanto (hacia abajo) y con multitud de letreros, más que luctuosos de simpática solidaridad. En su honor, la Plaza de Bolívar se llenó (como nunca) de cariño, rabia y frustración. Dentro de las miles de pancartas que se movían al ritmo del viento había una que sobresalía: «Es la primera vez que nos haces llorar».


Todas las citas de esta reseña son tomadas del libro Jaime Garzón, el genial impertinente Por Germán Izquierdo Manrique Editorial Planeta Colombiana S. A. – 2009 (Segunda impresión)


Jaime Garzón: La biografía

Por: Kien&ke

Vestido de saco y corbata, pantaloneta de paño, medias escocesas de borlas colgantes y calzado en mocasines, un joven de pelo negro abundante y gafas de lentes gruesos recorre en bicicleta los caminos de la Universidad Nacional. Su nombre es Jaime Hernando Garzón Forero. Nació en Bogotá, tiene 23 años, mide un metro setenta de estatura, es trigueño y estudia Derecho. Pedalea rápido, bombea el espeso humo de su pipa y avanza tocando una y otra vez la campanita del manubrio para que le abran paso, para hacerse notar, hasta que finalmente se detiene en uno de los corredores de la Facultad de Derecho. Tiene clase de Filosofía con el profesor Orlando Solano Bárcenas. Estaciona la bicicleta, entra al salón y busca puesto en una de las últimas filas de la clase magistral. Corre el año de 1983 y allí, entre medio centenar de trotskistas, anarquistas, elenos, integrantes del M-19, espías de derecha, mamertos a secas y personaje inclasificables, está el relajo de dientes y la bocota de Jaime Garzón, que hoy llegó cansado de los discursos de filosofía escolástica. Antes de que empiece la clase, se le ocurre levantar la mano y preguntarle al profesor: “Doctor, ¿cuál es el principio de la filosofía actual?”. Muy serio, Solano empieza a discurrir, pero Garzón no aguanta, lo interrumpe y refutándole todo lo que ha dicho con el dedo índice y sin que le tiemble la voz, empieza a cantar para toda la clase el coro de una sabia canción popular: “Amigo cuánto tienes, cuánto vales, principio de la actual filosofía”.

Fueron varias las ocasiones en que no le satisfacían las explicaciones de los maestros. Levantaba mucho la mano pero no era buen estudiante. A menudo hacía preguntas fuera de contexto y los ensayos académicos que presentaba no se ceñían a los contenidos propios de las clases. Algunos profesores no lo soportaban; otros, como Eduardo Umaña Luna, fundador de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional, le tenían mucho aprecio. Este último lo llamaba el notario de la clase por su espíritu participativo. Pablo Mauricio López, uno de sus más cercanos amigos de carrera, recuerda que se interesaba mucho por las materias de humanidades y poco por las de Derecho. Sus calificaciones así lo demuestran. Una de las más altas de su primer año la obtuvo en Sociología I (4.5); en cambio, se rajó en Introducción a la Política e Historia (2.1) y en Derecho Civil I (2.3).

Cuentan algunos de sus compañeros de aula que la asignatura de Introducción al Derecho, dictada por Carlos Neissa, le era particularmente agobiante, pues el maestro recitaba de memoria libros completos mientras garabateaba en el tablero esquemas de mil ramificaciones. Un día, después de escucharlo por varias horas, Garzón se salió calladamente del salón, y luego de cerrar la puerta tras de sí, soltó un grito de Tarzán que retumbó por todo el edificio: “¡¡¡aaaAAAaaahhh!!!”. Más oxigenado, entró al salón y regresó como si nada a su puesto, ante la mirada atónita de Neissa y los demás estudiantes. También cuentan que en otras ocasiones, antes de que comenzara alguna clase, sermoenaba alargando las vocales como un sacerdote: “Hoy tenemos parciaaaaall y todos nos vamos a rajaaaaar”. A lo que los compañeros contestaban: “Aaameeeeen”.

Afuera, en los prados de la universidad y en la cafetería, andaba siempre hablando y discutiendo sobre política, filosofía, y literatura. Y no era raro que, en la mitad de una discusión, se aburriera y se retirara de un momento a otro para hablar con otro grupo de gente. Garzón “no era lineal; era octogonal y poliédrico”, cuenta uno de sus compañeros. Tenía fama por sus chistes, sobre todo por los pesados. Alguna vez se le acercó a la novia de un amigo, a quien se refería como la boyaca con pinta de caleña, y sobre su cabello le dijo: “Oiga, ¿y usted cómo hace para teñirse de negro solamente las raíces?”. En otra ocasión, cuando vio acercarse a un estudiante que se movilizaba en moto y usaba gafas oscuras y cachucha, gritó: “¡Llegó el sicario!”. El tipo lo sentó en el piso de un puñetazo. Pero Garzón no se calló, nunca lo hizo.

Un día llegó a la facultad con una hoja de papel en blanco. “¿Quiere s