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Peregrinación de un hombre meridional por los caminos del maquis español
Yezid Arteta Dávila / Viernes 30 de noviembre de 2007
 

…Esa fiera no cabía en ninguna jaula… los soldados que lo mataron en cumplimiento del deber le capturaron su arma en cuya culata se leía una inscripción grabada con filo de puñal: Esta es mi vida.

Gonzalo Arango (Poeta colombiano 1931-1976).

I. En la cresta del cerro

La edades de los nueve hombres y las tres mujeres que levantan el brazo mientras entonan el “Himno de Riego” [1] suman un poco más de mil años, y están marcados por dos improntas: combatieron como guerrilleros o purgaron brutales condenas en distintos penales del país durante los años del franquismo.

Es el mediodía, la hora sin sombra, y un sol abundante hace que las pieles del millar y medio de personas reunidas en un montículo de las alturas de la provincia de Cuenca sientan una especie de comezón. Estamos en Cerro Moreno [2] y un vago olor a romero y tomillo se desprende de los arbustos que crecen aisladamente sobre aquella tierra reseca y pedregosa. En este mismo lugar, la mañana del 7 de noviembre del año 49, fue asaltado por unos seiscientos hombres de la Guardia Civil y el Somaten Armado [3], el último reducto de la llamada Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA). De los trece rebeldes que ocupaban el campamento, sólo “Pedro” [4] – quien había sido piloto de la Fuerza Aérea de la República y combatiente en la URSS durante la 2ª Guerra Mundial – logró salir con vida, y herido de bala en una pierna, sobrevivieron además otros cinco que a la hora del ataque se encontraban buscando suministro de carne para sus camaradas.

El primer domingo de octubre de cada año llegan a Cerro Moreno gentes de los más recónditos lugares de España – y aún del extranjero – para rendir homenaje a los maquis [5] que motivados por una idea, por una mera necesidad, una directriz de partido o por un indefinido sentido del decoro se alzaron en armas para restablecer la Segunda República que había sido derrotada en la primavera del año 39 con la caída de Madrid. En la colina se reúnen viejos de más de ochenta años acompañados de algunos miembros de su prole en donde no faltan los bebés que, desde sus ergonómicos y acolchonados cochecitos, observan cómodamente lo que sucede a su alrededor mientras maman el chupo del biberón. El epicentro de esta peregrinación anual es la pequeña aldea de Santa Cruz de Moya ubicada a menos de trecientos metros del cerro. El pueblo, levantado entre barrancos y profundas depresiones por donde corre un riachuelo llamado Turia no es ajeno a la tendencia de despoblamiento del paisaje rural español, pues de más de dos mil habitantes que poseía durante la Guerra Civil, hoy apenas viven unos trecientos en su mayoría ancianos.

Por la tarima que han alzado en una explanada del cerro para conmemorar la 8ª Jornada del Maquis van desfilando: “Carrete”, “Angelillo”, “Antolín”, y otros sobrevivientes de uno de los capítulos más cruentos de la Europa reciente. Los pintorescos motes con el que se conocían estos hombres en la línea del frente evocan sus años mozos, cuando podían correr con un fusil Mauser 98 en bandolera, saltar una trinchera, dominar una mula cerrera, caminar largas jornadas con los estómagos vacíos o simplemente coquetear a una muchacha en un caserío remoto. Ahora todos están viejos y en su mayoría con achaques. Es el caso de José Manuel Montorio alías “Chaval”, ex guerrillero perteneciente a la agrupación de aragoneses denominada “Los Maños”, quien toma el micrófono con su mano temblorosa y con la voz balbuceante se dirige a los asistentes para expresarles que ha vuelto a su tierra luego de vivir exiliado por espacio de medio siglo en Praga.

“Chaval” es apenas uno de los pocos escapados de aquellos años turbulentos donde hombres y mujeres como él, fueron testigos del momento en que las tropas del bando nacionalista vadearon el río Llobregat, y pocas horas después ocupaban las alturas del Tibidabo y la Fortaleza de Montjuic. Los asistentes escuchan en un silencio conmovedor lo que el ex combatiente ha vivido. Hay turbación cuando narra su calvario en un campo de concentración en Francia durante la ocupación alemana, o el dantesco cuadro de miles de familias cruzando la frontera norte luego de la caída de Barcelona.

Algunos jóvenes, con sus morralitos a la espalda y los cables del iPod colgando de cualquier manera, no ocultan su emoción ante el testimonio de “Chaval” quien va contando los pormenores de su retorno clandestino a territorio español para combatir la dictadura, la trashumancia y los sinsabores de la vida montaraz, las pequeñas victorias, los duros reveses, la esterilidad de la lucha de unos hombres que se fueron quedando solos, además de la dramática y accidentada marcha de veinticinco noches desde la Sierra de los Monegros en Aragón hasta alcanzar los Pirineos Orientales en el verano del 52, cuando la mayoría de los que escuchamos su historia esa mañana en Cerro Moreno no conocíamos aún la luz del día.

Quienes planearon la conformación del AGLA a mediados de la década de los cuarenta no hubieran podido elegir mejor terreno para sus operaciones insurgentes, pues la topografía de esta región de la provincia de Cuenca es realmente escabrosa, allí predominan cañones profundos y filos rocosos. Preguntándole a los habitantes más viejos de la comarca acerca de los cambios en cuanto a la vegetación durante los últimos años, sostienen que siempre ha sido así, es decir: cerros pelados con pocos árboles y más bien plagado de pequeños arbustos que crecen entre los pedruscos. Es de suponer entonces que los rebeldes debían ocultarse en las grietas, en las vaguadas más profundas y en las cuevas naturales que se forman en los pliegues de los cerros.

Desde 1989 se proclamó el día del guerrillero español, y en 1991 se inauguró un monumento construido por la Escuela-Taller de Moya en el borde de Cerro Moreno. Se trata de un gigantesco monumento de piedra que remeda a una paloma de formas rectangulares. El año anterior se hizo presente en el acto de conmemoración la escritora madrileña Almudena Grandes que publicó en febrero pasado una extensa novela de 933 páginas que ha intitulado El Corazón Helado, parodiando aquellos versos de Antonio Machado del “españolito que viene al mundo”. La novelista recrea a través de dos familias que se entrecruzan, el mundo franquista del interior y el republicano del exilio.

A un lado del sendero que lleva al monumento se ha instalado el joven historiador Antolín Nieto, junto a él hay una mesa donde reposan decenas de su libro Las Guerrillas Antifranquistas 1936-1965, el autor coloca de su puño y letra una dedicatoria en cada ejemplar que vende a los interesados. En el borde de la carretera se observan algunos improvisados tenderetes instalados en las primeras horas de la mañana donde se exhiben para la venta toda clase de iconos relacionados con las gestas libertarias, lo mismo que banderines republicanos, y hay quienes han aprovechado la ocasión para venderle al gentío una cerveza, una pieza de jamón, una botella de agua o un emparedado. En la vestimenta de los asistentes prevalecen las prendas de color rojo, algunos llevan en la mano el tricolor republicano, otros la legendaria bandera roja con la hoz y el martillo de los comunistas y entre los más jóvenes predomina la oriflama negra de los anarquistas.

Finalizado el acto central en la colina, los asistentes forman una especie de procesión que se dirige hacia el pueblito de Santa Cruz de Moya, donde se ofrecerá un almuerzo. Un puñado de jóvenes se ha adelantado a la romería llevando una gigantesca bandera roja con la hoz y el martillo estampados en amarillo. Marchan decididamente hasta un descampado promontorio en las afueras del pueblo. Las chicas y las chicos se van rotando la posesión de la bandera mientras otros toman fotografías que simulan la toma del cerro y la clavada de la bandera. La “gesta” de los muchachos nos hace recordar las últimas producciones cinematográficas del ex alcalde republicano de Carmelo (California), el galardonado actor y director Clint Eastwood [6], que descubren la encarnizada batalla que libraron las tropas norteamericanas para copar la guarnición japonesa de Iwo Jima en marzo del 45. Tanto en la guerra del Pacifico como en las sierras de España perecieron miles de hombres y mujeres, sin embargo la histórica y simulada foto de los cinco marines y un sanitario izando la bandera en el monte Suribachi, al igual que la de los graciosos muchachos de Santa Cruz de Moya, no dejan de ser divertidos actos de frivolidad con relación a un siglo dramático como lo fue el veinte.

Una sugestiva fotografía tomada en el momento oportuno perdura en la Historia, y el imaginario popular se encarga de crear y venerar eternamente a sus “héroes”. Otra cosa sucede con los restos de los hombres que quedaron en el campo de batalla. En las vorágines de la guerra el papel de los buitres es mucho más cierto que el de los humanos, puesto que no hacen diferencia entre los cadáveres de uno u otro bando. Para estas aves todo es carroña de la que no se debe desperdiciar nada. Su faena consiste en desgarrar, tragar las carnes y las vísceras de los guerreros hasta que sólo queden los meros huesos pelados.

II. La comida

“La Gavilla Verde” es una asociación creada en 1992 y reúne a más de medio centenar de personas que se han propuesto defender el patrimonio natural, cultural e histórico de la región. Los entusiastas miembros de la “Gavilla Verde”, de común acuerdo con la Universidad de Castilla-La Mancha, el Centro de Estudios de Castilla-La Mancha, el Ayuntamiento de Santa Cruz de Moya, la Diputación Provincial de Cuenca y distintas asociaciones de ex guerrilleros, son los organizadores de la 8ª Jornada del Maquis Español. Es apreciable el interés demostrado por buena parte del mundo académico español e investigadores independientes, de llevar a cabo la reconstrucción historiográfica de los sucesos que se desarrollaron a lo largo de cuatro décadas, y que terminaron por fracturar al conjunto de la sociedad íbera. Estas minuciosas pesquisas toman hoy mayor fuerza en España a raíz de la aprobación por el Congreso de los Diputados de la denominada “Ley de Memoria Histórica” que intenta establecer algún mínimo de verdad acerca de lo sucedido durante y después de la Guerra Civil, así como también de impartir algo de justicia en favor de miles de familias que fueron afectadas por la contienda y por casi cuarenta años de dictadura.

El pequeño poblado pareciera estar de fiesta, y sus estrechas calles no son suficientes para albergar los autobuses y coches que llegaron de todas las comunidades de España. Uno de los dos bares del pueblito que está abierto ese domingo no da abasto para atender a tanta gente. Los organizadores de la 8ª Jornada le han proporcionado a cada invitado un tiquete impreso para reclamar la comida que se servirá en un amplio salón comunal en donde ya se encuentran alistadas las mesas.

Son más de las dos de la tarde y el hambre hace que el estomago ruja como un tigre. Un tumulto se forma a la entrada del salón a la espera de que el portero de la orden de ingresar a cada uno de los comensales con el tiquete en la mano. Un murmullo fuerte se escucha en las afueras del salón. Notamos que no se trata de un rezongo colectivo censurando alguna injusticia sino de un sonido de bienvenida y aprobación para los dos hombres que traen cogida de las asas un descomunal caldero que contiene una humeante y bienoliente paella de conejo. Entre bromas, chirridos de tripas, comentarios gastronómicos y paladares haciendo agua, los dos hombres que escoltan la paella avanzan por la calle de honor que van abriendo los asistentes.

Al menos tres generaciones están disfrutando del festín que los organizadores han bautizado como la “Comida de la Hermandad”. Entre cada cucharada de arroz, de un sorbo de agua o de vino se habla del pasado: de lo que fue la resistencia; de los que no pudieron venir a la cita anual porque los achaques no se los permitieron; del nombre de aquel guardián de la prisión de Burgos, con cara de pan, que les ayudaba a sacar mensajes para sus familias. Alude el ex prisionero Enric Pubill, a la agraciada monja – funcionaria del penal de Burgos para más trazas – que valiéndose de sus encantos provocaba a los represaliados para luego denunciarlos ante los guardias quienes, ni cortos ni perezosos, les cobraban la osadía mediante brutales palizas. Viene el nombre de Remedios que a su edad no pudo asistir este año, pero que sin embargo envió desde Valencia una cinta con su voz grabada. Se evoca a los que ya no vendrán jamás porque meses atrás murieron. En fin, se repasa de todo aquello que los unió tan sólidamente, a tal punto que ninguna circunstancia de este mundo ha podido desatar semejante alianza.

La historia de cada uno de estos sobrevivientes daría para escribir un cautivador relato. Sus vidas son de película, diría un guionista en los estudios de Hollywood. Es una lastima que son otros los tiempos que corren, y ya no hay un Balzac o un Stendhal para pintar con su pluma decimonónica los más ocultos detalles de la existencia de estos hombres y mujeres del paisaje español de la guerra. Sin embargo, un amigo piensa que todas las vidas – independientemente de su insignificancia o anonimato –, en últimas, no son menos o más interesantes que otras, y que la diferencia entre ellas radica en la manera en que una mano diestra las sepa describir.

III. De regreso al hotel

Deben ser como las cinco de la tarde y el conductor del autobús que transporta al grupo de veteranos que han salido desde Barcelona el día sábado, enciende el motor y parten hacía la población de Landete. Allí está el hotel donde se han hospedado desde la noche anterior. Las calles del pueblo están vacías y no se ve un alma. Landete es de esos lugares en que un burro se moriría de tristeza como dirían en la Costa Caribe colombiana. Frente al hotel hay un hermoso bosque atravesado por un arroyuelo que se puede atravesar a través de un idílico puente de madera, muy apropiado para definir un romance en ascuas o hacer una declaración de amor eterno. Rara vez se ve caminar algún prójimo por la calle, pero cuando esto sucede – generalmente una persona vieja –, avanza con la cabeza agachada y la mirada dirigida al suelo. Aprietan el paso cuando algo se les pregunta, como sí estuvieran bajo una ocupación extranjera y no quisieran comprometerse con nadie o temieran las represalias de los esbirros de un Estado policíaco. Para algunas de estas personas pareciera que el mundo se detuvo en los años de la guerra, pues es tal su desconfianza que prefieren no responder a las preguntas. Entre las calles del pueblo hay una que se llama “El Generalísimo” y otra como calle de “Los Pescadores” a pesar de que no se ve actividad alguna que se relacione con redes o embarcaciones, pues el mar está muy lejos de allí.

Con relación a Santa Cruz de Moya y Cerro Moreno, el poblado de Landete ofrece algunas ventajas militares sobre los primeros en razón a la elevada posición dominante en el conjunto del relieve regional. No en vano la Guardia Civil eligió a este lugar para concentrar a las tropas procedentes de Valencia, Teruel y Cuenca que debían atacar al campamento rebelde del AGLA. Le correspondió al oficial José Vivancos, jefe militar del puesto de Landete, dirigir la exitosa operación que decapitó al maquis español. Quizá, este y otros hechos del pasado quedaron ancorados en la mente de algunos menores de ese entonces, convertidos en los ancianos de hoy, lo que explica en parte su renuencia a contar detalles de otrora tiempos o la resistencia en contestar a la sola pregunta de algún turista extraviado que indaga por alguna tienda en donde vendan baterías para su cámara fotográfica.

“Lluis no ha bajado de la celda”, me responde un nonagenario que confunde el hotel con una prisión. Le he preguntado por Lluis Martí Bielsa, secretario de la Asociación Catalana de Ex Presos Políticos, un viejo curtido en las lides comunistas, y de una impresionante fortaleza física y mental a pesar de sus años. Y no podía ser de otra manera para un hombre que con dieciséis años se alistó en el ejército republicano para combatir en la Barcelona asediada. Que luego hizo parte de los brigadistas españoles que contribuyeron en la liberación de París de la ocupación alemana en agosto del 44 y por ello ostenta con orgullo la medalla que lo distingue como oficial del ejército francés. Es el militante que recibió de boca de “La Pasionaria”, Dolores Ibarruri, la misión de cruzar a pie la frontera de los Pirineos a fin de instalar una imprenta clandestina en un suburbio de Barcelona, tarea que asume con la devoción de un monje trapense, pero que al cabo de unos meses cae prisionero a consecuencia de una delación. Lluis ha salido de la habitación y en el vestíbulo del hotel da instrucciones a toda la comitiva en relación a la jornada que nos espera al día siguiente.

A la hora de la cena en el comedor del hotel los veteranos no paran de hablar. El dialogo fluye por lugares y tiempos rancios. A pesar de que todos ellos conocen y se benefician de las bondades de la modernidad tales como: la internet, la televisión por cable o los vuelos a bajo costo, no dejan de escudriñar por los vericuetos políticos de los tiempos en que aconteció la guerra. Uno de ellos, ataviado con boina y bufanda al mejor estilo bolchevique, pareciera un agente del Komintern reunido con los miembros de su cofradía en una oscura buhardilla obrera en el distrito de Vyborg preparando el rescate de un militante prisionero en la Fortaleza de Pedro y Pablo o imprimiendo una octavilla contra del último decreto del Zar.

Una copa de vino se encarga de aligerar la verba de una mujer que cuenta la historia de una mujer que murió de inanición en una prisión a la edad de treinta y cuatro años, en vista de la insuficiente ración de alimento que recibía en el penal, y con la que tenía que nutrir también a su criaturita, puesto que al ser capturada no quiso abandonarla y optó por llevarla con ella hasta la desnuda y fría celda. La criaturita es ella misma, la que narra, quien se ha convertido en una mujer de más de sesenta años que todavía extraña a su madre. Unas sillas más allá se oye una acalorada discusión entre dos veteranos acerca de sí el incendio del Reichstag en Berlín fue una provocación del partido nazi para encumbrar a Hitler o fue la obra de algún joven izquierdista despistado.

Bastante separados del entorno, en una mesa que se encuentra al fondo del comedor hay dos parejas que beben cava y ríen a carcajadas. El joven que tiene cara de gangster deja juguetear su mano grande con la braga que asoma por encima del vaquero de la chica que está a su lado, mientras con la otra da vueltas al móvil que tiene sobre la mesa. Parecen cuatro siluetas envueltas en el humo de sus cigarrillos.

IV. La fosa de Teruel

Después del desayuno hemos abandonado el hotel en dirección a Teruel. El buen tiempo nos sigue favoreciendo y la mañana es esplendida. El autobús avanza por una carretera serpenteante que va bordeando el río Turia y que por ratos nos crea la sensación de estar recorriendo un paisaje entre la carretera que une a Cali con Popayán. Vamos atravesando pueblos desiertos en donde se distinguen antiguos caserones cuarteados por los siglos y la intemperie. De repente alguien expresa con energía: “Allí está Teruel.”

“Para mí la guerra fue Teruel” dice con voz lacónica un anciano con noventa y cuatro años que todavía conserva algunas líneas de fineza en su rostro y un cierto garbo en los ademanes como en la manera de vestir. Se trata de José Lacunza Benito quien viaja con su compañera, algunos años menor que él. Desde la ventanilla, el ex combatiente republicano trata de recordar algún hito del escenario donde se libró la legendaria “Batalla de Teruel”, y que tuvo lugar en esta localidad que aún guarda en su arquitectura la herencia mudéjar.

Era el invierno de finales del año 37 y principios del 38, cuando los termómetros marcaban -20°C, y el frente de guerra comprendía una línea de sesenta kilómetros. La ciudad, defendida por los nacionalistas fue tomada por los republicanos luego de una encarnizada lucha, y nuevamente recuperada por el bando franquista quien la conservó hasta el final de la guerra. En los tres meses que duró la batalla murieron más de veinte mil combatientes pertenecientes a los dos bandos.

La llegada a Teruel tiene un hondo significado para los veteranos, puesto que allí se encuentran los denominados “Pozos de Caudé”. En el sitio, ubicado a un lado de la carretera que une a Teruel con Burgos, se ha erigido un monumento en el que se destaca la sigla de la CNT [7] en una losa rojinegra, lo mismo que otras lápidas entre las que se encuentra una con el epitafio: “AQUÍ YACEN 1.005 FUSILADOS EN 1936 POR LA DICTADURA”.

La historia de esta cifra nos lleva a un pasaje de Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez donde el autor, empleando la figura de la hipérbole, trata de cuantificar el número de huelguistas de la zona bananera asesinados en la plaza del ferrocarril de Ciénaga por las ráfagas de metralla disparadas por el ejército del dictador Abadía Méndez, ya que los informes de la época (1928) eran fragmentarios, contradictorios y tachados por el lápiz de la censura [8]. La cifra de 1.005 registrada con exactitud en la piedra del monumento de Teruel se logró a partir de la surrealista explicación que rindió un vecino del lugar que en aquel año iba anotando en una libreta los tiros de gracia que escuchaba tras las descargas de la fusilería. La explicación de este “testigo de oídas” no deja de poseer los ingredientes que hicieron del “realismo mágico” la clave del éxito de los escritores latinoamericanos de la generación del boom.

Independientemente de la cifra de restos que yacen en los “Pozos de Caudé”, lo único cierto es que fueron por centenares los hombres que allí fueron fusilados extrajudicialmente, y sus cuerpos arrojados al foso que, en ese entonces, ostentaba más de ochenta metros de profundidad. Después de cada orgía de pólvora y sangre, los verdugos arrojaban una capa de cal viva sobre los cadáveres. Allí fueron enterrados los “desafectos” del régimen, pero las investigaciones más recientes muestran que allí ultimaban a personas sin más explicación que la de estar vivo. Un ejemplo del drama de miles de personas “ajusticiadas” sin formula de juicio lo registra la leyenda grabada en una de las lápidas: “…Doñate. + 1936. De 30 años te busqué por todas partes. Que injusticia que estés aquí unida a tu dolor. Obligado a dejarme sola con tu hija de 4 años. No te olvidamos. Tu esposa Felicitas Hernández y tu Hija Ángeles Llorente. R.I.P.

Han pasado sesenta años desde que sucedieron aquellos fusilamientos, y la ciudad de Teruel no ha dejado de crecer. Se levantan nuevas urbanizaciones que acorralan y amenazan con tragarse el monumento que rinde homenaje a los represaliados. El negocio inmobiliario no sabe de muertos, de dolor humano o de memoria histórica, solo sabe de hipotecas e intereses, al fin y al cabo esta industria se alimenta como los vampiros: chupando el trabajo de los vivos [9].

V. En el cementerio

“Sí hay alguno que se quiera quedar aquí, que lo diga” bromea uno de los ancianos al arribar el autobús hasta la entrada del cementerio de Teruel. Aunque parezca escalofriante, la chacota no deja de ser una realidad: después de los ochenta quedan ya muy pocos años para que un ser humano termine sepultado en un camposanto.

A paso lento la comitiva marcha desde la entrada del cementerio hasta un osario donde reposan los restos de algunos de sus camaradas de antaño. Un miembro del ayuntamiento local muestra una tumba donde reposan los huesos de varios combatientes. En silencio, vamos formando un círculo en rededor del lugar que el funcionario nos ha señalado. El concejal va explicando que en ese lugar se encuentran los despojos de los once miembros del AGLA que fueron dados de baja en Cerro Moreno. Agrega que las autoridades eclesiásticas y los gobernantes franquistas ordenaron sepultar los cadáveres por fuera de los muros del cementerio, puesto que eran “infieles” que no podían compartir el mismo lugar de los “fieles”. Muchos años después, cuando el clima político del país mejoró, se pudo logar el traslado de las osamentas hasta el interior del cementerio. Terminó el edil su explicación señalando que en el osario están los restos de los once maquis junto a los de algunos soldados nacionalistas muertos en la batalla de Teruel. ¡Allí fue Troya!

Un veterano, rojo de la ira, maldijo semejante hecho. Considera una afrenta a la memoria de los guerrilleros muertos que estos estén compartiendo con sus enemigos la misma tumba. El problema está en que los muertos no hablan para pedirles algún consentimiento al respecto. Algunos de los ex combatientes se encojen de hombros como resignados ante las circunstancias. Las diferencias entre los partidarios de dejar las cosas así y los que piden separar los muertos republicanos de los nacionalistas es zanjada con serenidad por Lluis Bielsa que propone llevar a cabo alguna gestión que permita la exhumación de los restos de los maquis para que sean depositados en un solo lugar.

“Para mí la guerra fue Teruel” repite José Lacunza. Todos voltean su mirada hacía él para escucharlo. Es una voz cancina, intermitente. En sus ojos se alcanza a divisar una luz empalidecida que evoca la miseria de la guerra. En ese entonces era un joven maestro de escuela con un poco más de veinte años que se alistó en el ejército republicano, y luego de recibir una corta instrucción militar en la Escuela Popular de Guerra en Valencia, fue enviado como zapador al frente de Teruel para resistir el feroz contraataque nacionalista. El ex combatiente pareciera llorar cuando de sus labios resecos sale la frase: “pasé sed en la nieve”. En aquel despiadado invierno del año 38, las trincheras se convirtieron en bloques de hielo, y José Lacunza se acuerda de las interminables noches donde recorría un trayecto de las zanjas llevando una cantimplora cargada con coñac a fin de sus compañeros de pelotón pudieran beber un sorbo del licor que les permitiera engañar el frío.

Cabizbajos vamos abandonando el cementerio de Teruel. Me siento turbado por el relato de José Lacunza. Me acerco a él y le ofrezco mi brazo para acompañarlo hasta la salida donde nos espera el autobús. Tengo el privilegio de escuchar otros detalles de lo que pasó en este lugar hace más de setenta años, es la voz de un sobreviviente de aquella batalla, de aquella guerra.

Es de noche y el autobús devora kilómetros de autopista para retornar a Barcelona. Los ancianos entonan viejos cantos revolucionarios. Cuántos jóvenes no quisieran poseer la vitalidad de estos hombres y mujeres hechos como la carne curada. Mientras, miro en silencio las luces aisladas que se divisan a los lados de la carretera. Pienso en Colombia, en un conflicto que lleva más de cincuenta años. Trato de recordar los nombres de los que vi caer en la montaña, de los que compartieron conmigo los días tristes de la prisión. Pienso en que es hora de terminar con la guerra, que es el momento del dialogo y el acuerdo para superarla. Hay mucho dolor apretado en las gargantas de miles de colombianos. Es menester construir una paz justa y duradera que reivindique la memoria de todos los muertos, de los desaparecidos, de los torturados, de los desplazados, de todos los colombianos que de alguna u otra manera sintieron en su pellejo la quemazón del hierro. Recordarlo todo, pero sin odio, tal como lo dijo una anciana de cabellos blancos que pasó medió siglo entre el combate, la clandestinidad y la prisión, y que ahora canta con alegría la balada “Aceituneros”, el bello poema de Miguel Hernández, dedicado a los andaluces de Jaén.

Bellaterra, otoño de 2007

* Crónica escrita originalmente para la revista Taller.

[1] Himno oficial de la Segunda República. Fue compuesto en honor al Teniente Coronel Rafael de Riego quien se levantó contra el absolutismo de Fernando VII en 1820.

[2] Asisto a este acto motivado por una investigación académica relacionada con el tema de la reconciliación y la memoria histórica.

[3] Organización de vecinos armados (parapoliciales) que servían de ayuda a las fuerzas regulares en labores de inteligencia y en actividades operativas. Su origen se remonta a una institución catalana del siglo XI y que significa: “estamos atentos” (somatent). Fue disuelto por el Senado español en 1978.

[4] Alias de Francisco Bas Aguado

[5] Se conoce así a los guerrilleros republicanos en España. Su nombre se deriva de un tipo de vegetación de los bosques mediterráneos. En Francia se llamó así a quienes combatieron a la ocupación alemana.

[6] Se trata de las películas Banderas de Nuestros Padres y Cartas de Iwo Jima

[7] Confederación Nacional de Trabajadores. Confederación sindical española de inspiración anarquista, fundada en Barcelona en 1910. Jugó un papel de primer orden en los acontecimientos de la Segunda República y la Guerra Civil.

[8] “…Tratando de fugarse de la pesadilla, José Arcadio Segundo se arrastró de un vagón a otro, en la dirección en que avanzaba el tren, y en los relámpagos que estallaban por entre los listones de madera al pasar por los pueblos dormidos veía los muertos hombres, los muertos mujeres, los muertos niños, que iban a ser arrojados al mar como el banano de rechazo…” (Fragmento de Cien Años de Soledad)

[9] Metáfora que emplea Marx para referirse al ciclo del capital