Cómo los paramilitares exterminaron a una comunidad Wayúu

300 que escaparon a Venezuela piden ayuda. Los refugiados (quienes huyeron a Venezuela desde Colombia) han denunciado la desaparición de 33 indígenas de la alta Guajira, de una forma despiadada: picados o quemados. El fiscal de Riohacha afirmó que "sólo murieron dos personas".

por Jorge Chávez

"Ay hermano, siento que el corazón se me sale por la boca. Usted no sabe lo que es tener que salir corriendo para que no lo maten y, después escuchar los gritos de los peladitos, de mis dos hijitos a quienes me los quemaron vivos sin que yo pudiera hacer nada".

"Me los mataron, hermano. Los quemaron vivos dentro de mi camioncito. También le cortaron la cabeza a mi mamá y a mis sobrinas las picaron en pedacitos. No les dispararon, sino que las torturaron para que escucháramos sus gritos y mientras tanto con una motosierra las cortaron vivas, hermano".

"Son unos malditos que nos obligaron a salir huyendo de nuestras tierras, allí no ha quedado nadie. Tuvimos que dejar nuestras cosas, la ropa, sólo sacamos lo que llevábamos".

"¡Malditos asesinos no tienen perdón de Dios!".

"Ahora el fiscal de Ríohacha dice que nada de esto es cierto, que sólo han comprobado la muerte de dos personas nada más. ¿Cómo pueden decir eso? ¿Es que ni siquiera somos animales para ellos? ¿Cómo es eso que sólo dos muertos, es que tienen que morir mil o dos mil para que hagan algo?"

Alberto trata de contener el llanto pero no puede. Gruesas lágrimas ruedan por sus mejillas prietas, de hombre trejo acostumbrado al trabajo. Por momentos se calma, respira profundo y, con la mirada perdida, repite palabras en el idioma wayúu que no entendemos pero que dejan traslucir un dolor que lacera el alma.

Perdió a seis de sus familiares, entre ellos a sus dos hijos, su madre y sobrinos que fueron asesinados por los paramilitares que operan en la Alta Guajira colombiana, en el pueblo denominado Bahía de Portete, el 18 de abril de este año.

Él y otros cientos de guajiros tuvieron que caminar por más de 24 horas hasta la frontera con Venezuela, para que la muerte no los alcanzara. Atrás dejaron tierras, ganado, casas, muebles, colegio y lo más importante, sus sueños y esperanzas.

Ahora, se han convertido en unos parias sin destino ni futuro inmediato.

Tres años atrás

Siempre fue un pueblo que vivió en paz. Aunque resolvían sus problemas basados en sus propias leyes, los goajiros vivieron y produjeron en paz y armonía. Trabajaban la tierra, pescaban y, también se dedicaban al comercio.

Sin embargo, esa apacible vida que llevaban comenzó a cambiar hace tres años, cuando llegaron a sus tierras los primeros paramilitares.

"Nosotros éramos felices. Aunque con nuestras carencias, vivíamos en armonía. Nuestros niños estudiaban en la escuela, criábamos chivos y también trabajábamos como estibadores de los barcos que llegaban a nuestro pequeño puerto, nunca nos metimos con nadie y nadie se metía con nosotros", recordó Juchi, uno de los tantos goajiros que han tenido que huir hacia Venezuela para salvar su vida.

"Sin embargo, hace tres años llegaron ocho hombres armados y me preguntaron si quería ganarme dos millones de pesos, atendiendo a 20 hombres. Como yo sabía que ellos no eran buenos no acepté, porque además, nuestro pueblo no se mezcla con ese tipo de gente. Sin embargo una persona se vendió y los recibió en su casa".

Juchi refiere que desde ese momento comenzó la cadena de desgracias que le tocó vivir al pueblo Wayúu.

"Ellos nos amenazaban porque estaban armados. Comenzaron a cobrar ‘vacuna’ a todos. A los dueños de barcos que descargaban en nuestro puerto les dijeron que si querían seguir operando desde allí, tenían que pagar bastante dinero. A los pescadores les cobraban la mitad de lo que pescaban. Así era con todos".

Los wayúu refugiados recuerdan que, a pesar de esos atropellos, todavía podían convivir con cierta tranquilidad, porque nadie se metía con ellos. Pero todo comenzó a cambiar de la noche a la mañana, cuando llegaron otros 20 paramilitares, muchos de ellos uniformados y portando armas largas.

Sólo quedó la desolación

Atrás quedaron la escuela llena de niños, el puerto lleno de barcos, la felicidad y tranquilidad de los wayúu.

Ahora, sólo el silencio recorre con su manto críptico las lomas que hasta hace un mes eran transitadas por miles de alegres pasos.

La posta médica fue totalmente saqueada, lo mismo que la biblioteca de la escuela. De allí se robaron todos los adornos y dejaron regados por el suelo los libros.

Algunos fueron rotos y a muchos otros les arrancaron las páginas. Los pocos utensilios de las casas, las ropas, muebles y hasta efigies de santos, fueron destrozados con saña y alevosía. Los porteros del averno quisieron dejar su huella de terror y destruyeron, cual Atila, todo a su paso, como para que allí no vuelva a crecer la hierba.

Cortaron los sueños de los niños y la esperanza de los mayores, ahora sólo resta decirles a quienes dejaron sus huesos allí: ütünka mata süka anakalüü Akühaipa (que descansen en paz).

"La llegada de esos asesinos nos sorprendió porque nunca se habían juntado tantos. Poco a poco llegaron más y muchas veces se reunían hasta cien. En eso nos percatamos que traían muchos kilos de droga, a veces hasta más de mil kilos. Los narcos les pagaban 50 millones de pesos por cada embarque que sacaban por nuestro puerto".

"Ahí descubrimos que el principal motivo de su presencia en Portete era el narcotráfico".

Durante muchos años, la Bahía de Portete sirvió para que barcos provenientes de Aruba, Curazao y otras islas, descargaran allí licores, cigarrillos, quesos, etc., de contrabando. Esta ilegal actividad permitió que la mayoría de los residentes de este pequeño poblado trabajaran como estibadores, recibiendo un ingreso casi fijo durante todo el año.

"Antes de que llegaran los ‘paracos’, había días en que atracaban hasta cuatro barcos. Muchas veces nosotros no podíamos atenderlos a todos, y teníamos trabajo hasta de sobra. Del puerto salían en una semana hasta 40 gandolas cargadas con todo el contrabando, pero todo eso cambió cuando llegaron los miserables asesinos".

Primeros muertos

Javier, un wayúu de edad indescifrable, recordó que hace un año, una patrulla policial colombiana al mando de un teniente, cuya base se encontraba en el poblado de Puerto Nuevo, distante a ocho kilómetros de Portete, detuvo a un grupo de 12 paramilitares y les incautó armas y explosivos.

Cuando estaban a punto de ser trasladados hasta la base policial, apareció el jefe de los paramilitares quien llamó al oficial a un lado y le entregó un bolso negro.

"Todos vimos cuando el oficial abrió el bolso y miró lo que había dentro. En ese momento, el jefe de los ‘paracos’, le dijo: mi teniente, allí hay 20 millones de pesos, eso es suyo y aquí no ha pasado nada. Y antes de que el policía pudiera decir algo, los ‘paracos’ agarraron sus armas, se subieron a la camioneta en la que viajaban y se fueron".

Cuenta Javier que una semana después, ese mismo grupo de paramilitares volvió a Puerto Nuevo y se pusieron a beber en una cantina cercana al puerto.

El jefe de los irregulares llamó a un niño y le dijo que fuera a invitar al oficial para que se tomaran unos tragos juntos.

Quemaron vivos a dos niños dentro del carro

"Cuando nos dimos cuenta ya era demasiado tarde. Los ‘paracos’ bajaban a las siete de la mañana desde la loma y vestían uniforme del ejército. Yo inclusive me confundí, pero como llegaron caminando, le dije a mi abuela que corriera, que teníamos que escapar. Mi tío salió corriendo con su esposa y dejó a sus dos hijitos en el carro. Mi abuela y mis tías se quedaron porque los goajiros jamás se meten con las mujeres y pensábamos que no les harían nada. Pero nos equivocamos, esos perros no respetaron nada y mataron a mi abuelita cortándole la cabeza como si fuera ganado, cuando estaba todavía viva, y quemaron a mis primitos Jaqueline (7) y Diosa (5) dentro del camioncito. A ellos los encerraron allí y les metieron candela. Nosotros cuando escapábamos escuchábamos cómo gritaban pero no podíamos hacer nada, si volvíamos, ellos nos iban a picar en pedazos".

"El teniente llegó con otros tres policías, se saludaron y comenzaron a brindar toda la tarde y hasta las 11 de la noche. A esa hora, y cuando salían del bar, uno de los policías que no había bebido le dijo ‘pilas mi teniente que esto es una trampa’. No tuvieron tiempo para nada, allí mismo fueron acribillados por los ‘paracos’ y los dejaron bien muertos".

"Las autoridades no hicieron nada por aclarar la muerte de los policías, sólo detuvieron a un muchacho y lo llevaron para que declare como testigo. Ese jovencito les dijo que no había visto nada porque era de noche y los policías lo soltaron".

"Cuando regresó a su casa, los paramilitares lo llamaron y lo acusaron de haber declarado en contra suya. A los pocos días apareció muerto".

El 'Chema Bala'

Cuando los wayúu descubrieron las verdaderas intenciones de los paramilitares que era el servir de protección para que los narcotraficantes pudieran enviar sin problema alguno sus cargamentos de droga al exterior por el muelle de Portete, ya fue demasiado tarde: nada pudieron hacer, es más, ni se atrevieron.

Sin embargo hubo dos jóvenes que, venciendo miedos y temores, acudieron al puesto policial de Uribia para denunciar los abusos de los ‘paras’. Las autoridades escucharon el testimonio de Nicolás Ballesteros Epinau, quien estuvo acompañado por Segundo Epinau, y les dijeron que ellos se encargarían de solucionar el problema y que podían regresar tranquilos.

Esa denuncia fue presentada por la mañana y, cuando ambos jóvenes llegaron a su pueblo por la noche, ya los paramilitares habían sido alertados por los propios policías de Uribia sobre la denuncia que habían formulado.

"Los estaban esperando a la entrada del pueblo. Cuando llegaron los muchachos los detuvieron y les reclamaron el por qué los habían denunciado. Nicolás Ballesteros era hermano por parte de padre con José María Barros Ipuama, jefe de los paramilitares, a quien todos conocemos como 'Chema Bala'".

"Como ‘Chema Bala’ no estaba allí, los paramilitares se comunicaron con él por radio y le dijeron lo que había hecho su hermano, y éste dio la orden para que en ese mismo momento mataran a su hermano y al otro joven".

Tres meses atrás, en febrero, estos mismos paramilitares asesinaron a dos promotores de salud de Taguaira, una población muy cercana a Portete.

Ambos se trasladaban en una motocicleta, como lo hacen todos los promotores de salud de la zona, cuando se toparon con un grupo de paramilitares quienes los obligaron a bajar de su moto y, sin mediar explicación alguna, los acribillaron a balazos, sólo para robarse la motocicleta.

Muertos y desaparecidos que otros no quieren ver

En lo que va de este año, en los pueblos de Portete, Puerto Nuevo, Taguaira, Sillapana, Sillamana, Macen y Jarara, los paramilitares han asesinado a 12 personas mientras que 30 se encuentran desaparecidas.

Esta es la relación de muertos denunciada por los familiares de los residentes de Bahía de Portete y que el fiscal de Riohacha se ha empecinado en desconocer:

Margarita Epinayu (75), Rosalinda Fince (45), Diana Fince (40), Reina Fince (17), Rolan Fince (25), Reyes Fince (17), Segundo Ashapua (28), Jorge Ashapua (30), Moyo Uriana (10) y Luquita Epinayu (8).

Estos dos últimos niños, según el testimonio de sus familiares, se encuentran desaparecidos.

Pero, aunque les cuesta admitirlo, están convencidos que los mataron y, como otros tantos desaparecidos, fueron "picados" con motosierra y luego de ser embolsados, fueron lanzados al mar.

"Como los conocemos, nosotros sabemos que esas personas desaparecidas ya están muertas, porque los ‘paracos’ acostumbran a picar a las personas, las ponen en bolsas y luego las lanzan al mar. Así no aparecen nunca y no hay pruebas de sus delitos. Lo mismo hacen con sus propios compañeros que mueren en combates, los pican de inmediato y los lanzan al río o al mar. Y si alguno de ellos resulta herido, no pierden el tiempo y lo matan de una buena vez, para que no les estorbe", explicó Juchi.

Sin destino

Ahora que han dejado todo para salvar sus vidas, los más de 306 goajiros que logró censar la Cruz Roja Internacional, según su presidente, Carlos Montiel, se enfrentan a un futuro incierto.

No saben qué hacer y, aunque esta institución y el representante del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), Markkus Aikomus, han tomado cartas en el asunto, ellos desean retornar a su territorio.

"Nosotros estamos muy agradecidos del apoyo y ayuda que recibimos en Venezuela, por lo menos aquí nos han tratado como seres humanos, pero nosotros deseamos volver a nuestras tierras pero necesitamos las garantías que debe darnos el gobierno colombiano", reclamó María, una mujer que logró salvar la vida porque corrió "como nunca antes lo había hecho en mi vida".

Guerra declarada

Aunque las autoridades nacionales y extranjeras todavía no se han puesto de acuerdo si llamarlos "desplazados", "refugiados" o "en tránsito", estos wayuu han comenzado a recibir apoyo alimentario y, sobre todo, de salud, ya que muchos de los más de cien niños presentan severas infecciones de la piel.

"Hasta ahora nadie ha dicho nada oficialmente, ni el gobierno colombiano, quien niega que haya ocurrido el exterminio de nuestros hermanos, ni el gobierno venezolano, sobre nuestra situación. Todos dicen que están evaluando el problema", añadió Juchi.

"Pero hagan lo que hagan, el pueblo goajiro ya hemos tomado una decisión: ellos buscaron el problema, entonces la guerra se ha declarado. Vamos a responderles de una forma tan contundente que no les van a quedar ganas de volver por nuestras tierras. Vamos a aplicar nuestra propia ley, porque la justicia de los tribunales sólo sirve para apoyarlos a ellos, a los asesinos".

"Queremos que el presidente Uribe que tanto ayuda a los paramilitares, sepa que nosotros sí existimos, que somos seres humanos aunque a él no le guste y que haremos respetar nuestros derechos, aunque para ello tengamos que morir cientos o miles del pueblo wayúu", sentenció Juchi.

Mientras los niños corren de un lugar a otro y las mujeres reclaman donaciones de hamacas o chinchorros para que puedan dormir, los hombres wayúu hablan en voz baja, se reúnen y planifican, pero, por sobre todas las cosas, se apoyan unos a otros. Aunque en sus rostros sólo se perciba la tristeza y el dolor, están convencidos de que tarde o temprano recuperarán sus hogares.

 
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