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Miguel, el padre. Miguel, el hijo
César Jerez / Miércoles 30 de enero de 2008
 

Vinieron desde una serranía con aguas de colores y nombre de mujer de barrio guapa: La Macarena. Allí fueron víctimas de esa pervertida carrera en la que han metido a los campesinos de Colombia, sin que nadie se apunte a ella voluntariamente. Te mato, te amenazo, te quito tus tierras y tú corres, es igual para donde, ya nos veremos luego.

Llegaron a otra serranía del Magdalena Medio con nombre de santo, coronada por una gran teta, donde los ríos nacen vírgenes para estrellarse más abajo con la misma violencia de la que huyeron del Meta los González Huepa. Hasta aquí llegó Miguel con su canto del cisne, sus ojos coquetos y sus oficios, jugándose la vida entre dios y el diablo, después de un largo peregrinar por la cordillera oriental de los Andes.

Miguel padre (al centro, de camisa verde) junto a Miguel hijo (de camiseta blanca) en Puerto Nuevo Ité durante la asamblea de la junta de acción comunal momentos antes de la detención del primero.

En el nuevo refugio, el Valle del Río Cimitarra, Miguel con su familia se dedicó a lo de siempre, a lo que se lleva entre las venas, a la tierra y a prepararse para cuando llegaran de nuevo los perseguidores. Conoció a otros desafortunados como él, pero con alientos todavía de luchar, primero con la Unión Patriótica, de la que fue concejal, hasta que pudo, y después con la ACVC, de la que es fundador y directivo.

Hace unos días un batallón de verdugos asesinaba a Miguel Angel, el hijo joven del viejo Miguel, que seguía los sueños del padre en una finca y una organización campesina, Cahucopana. Lo esperaban en la curva de un camino. Desde su caballo Miguel Ángel vio que la muerte estaba allí, vestida de verde, la sangre se le escapó más rápido que todo lo que pudo alcanzar a aprender en su corta vida, a entender, a conocer. Ya no vivió más.

Ninguna palabra es capaz de aliviar el dolor de la muerte de un hijo. Nada supera la impotencia de no poder verlo una última vez por estar detrás de unas rejas. Miguel, viejo Huepa, nunca permitiremos que el odio llene ese espacio reservado dentro de nosotros para la esperanza. La justicia y la paz todavía nos esperan. Nunca te has perdido en el camino.

Para Miguel Ángel, para tu hijo, un hasta siempre!