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En el plantón del 4 de febrero "contra las FARC"
Uribistas golpean a opositores en Nueva York
Lacayos de Uribe pierden la compostura y manifiestan su opinión a las patadas.
Ramona Bunke / Martes 5 de febrero de 2008
 

A eso de las 12:30 pm, había una gran multitud de gente frente a la sede de la Organización de las Naciones Unidas para la marcha convocada por Uribe en contra de las FARC.

Al llegar, nos dieron la noticia que la multitud había agredido a un señor de la oposición, de avanzada edad, simpatizante del Polo Democrático, hasta que se vio forzado a retirarse del lugar y privado de su derecho a manifestarse por la agresiva multitud.

Se veía gran cantidad de gente con la bandera tricolor y la camiseta correspondiente contrainsurgente, una chiva y varias limosinas y autos lujosos rodeaban el lugar donde se encontraba la manifestación, las consignas gritadas más comunes eran: “¡Que viva Uribe!” y “¡Abajo las FARC!”. Con estas consignas ya estaba claro que la marcha era no una manifestación en contra de las FARC en sí, sino una manifestación de apoyo a Uribe y a su régimen narcoterrorista y paramilitar, un marcha para fortalecer su ya bastante manchada reputación.

Dos manifestantes que venían con un grupo de apoyo, se subieron en unas sillas con una pancarta que decía: “Uribe is the real terrorist” (Uribe es el verdadero terrorista) mientras mantenían silencio.

La multitud poco a poco se empezó a asombrar, y todos con cara de incrédulos, ante la escena que se veía cual ratón en un nido de víboras, o más bien, cual vaca en el matadero.

Primero halaron violentamente la pancarta, gritaban enfurecidos: “Maten a esos hijueputas”, “Son de las FARC esos HPS”, “Fuera guerrilleros HPS” y “Muerte a esos HPS”… Luego hombres y mujeres los agarraron a golpes.

En poco tiempo, una multitud de aproximadamente mil personas estaba hirviendo de furia en contra de los pacíficos manifestantes que estaban ejerciendo su derecho a tener su propia opinión en esta guerra civil que sufre Colombia por más de 50 años. Los valientes manifestantes recobraron la pancarta y la colocaron nuevamente en alto.

Mientras tanto, la gente que los golpeaba se empezó a multiplicar en cuestiones de segundos. Los lincharon, tiraron piedras, algunos confundidos ente la multitud preguntaban: “¿Quiénes son esos? ¿Qué pasó?”. La gente respondía al unísono: “Esos son de las FARC”.

Y los dos manifestantes, que trabajan como defensores de derechos humanos, pasaron de ser unos meros opositores al gobierno guerrerista de extrema derecha encabezado por Uribe Vélez, a ser declarados por la multitud guerrilleros de las FARC.

La multitud enardecida perdió totalmente el control, la sed de violencia brotaba por sus venas, sus ojos en llamas, todos lanzando diferentes amenazas, comunes en paramilitares: “Los vamos a perseguir, los vamos a asesinar”, etc. Ninguno se detuvo un momento a pensar, e inmediatamente asumieron la vía violenta. ¡Oh! ¡Y qué violencia! Nadie escatimaba en puntapiés, golpes, amenazas. Eran la manzana podrida de Colombia, eran un multitud nefasta, de gran bajeza, no parecían humanos, más bien monstruos no pensantes, una escena fusión entre algo medieval y algo más contemporáneo como las persecuciones del Ku Klux Klan. La Policía tuvo que salir corriendo y rescatar a los manifestantes de oposición a Uribe antes de que corriera la sangre y fuera demasiado tarde.

Luego de haberse separado, el grupo de apoyo se reencontró y salió triunfante: una acción directa valerosa y clara, donde se vio a leguas la realidad del país y quiénes son los reales terroristas.

Así es la cuestión hoy en día, donde el gobierno ha empujado a la gente a escoger un lado, el lado de Uribe y ¡ay del que no esté de acuerdo! Este pagará las consecuencias, será tildado de guerrillero y sufrirá persecución. Ahora resulta que todos somos guerrilleros, así seamos, por ejemplo, budistas o feministas o tal vez apolíticos, todos estamos siendo acusados de un crimen. Ahogados en un país sin derecho a pensar y a opinar. Sin embargo, un país lleno de gente valiente, de verdaderos héroes que resisten y luchan contra el terrorismo de estado en cada universidad, en cada casa de familia, en el campo, en la selva y en todas partes.