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Pactos con el diablo
¿Puede hablarse del cultivo de palma sin hablar del plan Colombia y de la guerra impuesta por la clase dominante contra el pueblo colombiano durante 65 años?
Macario Martínez / Lunes 16 de septiembre de 2013
 

El cultivo de palma, que fue iniciado comercialmente en 1945 por la genocida United Fruit Company, ha representado durante los últimos 20 años la continuación de la guerra por otros medios, los económicos; el endeude y la subordinación del campesinado ante los industriales y comercializadores del aceite y sus redes monopólicas de semillas, insumos, asistencia técnica y crédito. Sembrar palma es caer bajo la tutela de un gremio que, encabezado por Indupalma, ha construido su poder a partir de tenebrosas alianzas con el paramilitarismo.

Las alianzas productivas con las que se promueve y extiende el cultivo de la palma no constituyen solamente una forma de extracción de plusvalía sobre los trabajadores agrarios, sino que son sobre todo un dispositivo disciplinario de control social. El campesino que entra en las alianzas, se mantiene o pasa a ser dueño de la tierra, mientras que el gremio palmicultor que lo endeuda y controla pasa a ser dueño de la vida de los campesinos y sus familias. Como en un pacto con el diablo: se gana la tierra pero se pierde la vida.

En Colombia, los rendimientos de la palma están muy por debajo (3,4 Ton/ha) de los que alcanza este cultivo en países -extensamente devastados- como Indonesia, Malasia y Papúa Nueva Guinea donde los rendimientos superan las 4 Ton/ha, sin embargo, ha disfrutado de un asombroso impulso y todo el respaldo por parte del Banco Mundial, USAID y los gobiernos neoliberales. Para que la palma sea un cultivo rentable y competitivo en Colombia son necesarios grandes incentivos (exenciones tributarias), subsidios estatales, leyes que obligan a su mezcla en el diésel B5 y B10, y sobre todo altos precios de la gasolina.

La expansión de la palma ha estado precedida de la acción de ejércitos paramilitares masacrando y desplazando comunidades rurales. Al decir que “la palma se siembra con sangre”, el jefe paramilitar H.H. resumió cabalmente la forma en que dicho cultivo ha avanzado en el país. En regiones del Chocó, Meta, Sur del César, Magdalena, Bolívar, Nariño, Santander y Norte de Santander la palma llegó con la muerte y hoy abarca casi 400 mil hectáreas. La palma ha hecho y hace parte de la empresa de guerra y actualmente su presencia territorial coincide con las llamadas “Zonas de consolidación”.

Con el nombramiento del señor de la palma (Rubén Lizarralde) en la cartera de agricultura lo que se evidencia es la voluntad política de convertir este ministerio en una dependencia del ministerio de defensa. Es decir, aquí no habrá política alguna de desarrollo agrario, sino la búsqueda de consolidación estratégica de la empresa militarista.