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“Golpes blandos” y menos blandos
Para nuestros países no queda alternativa distinta que porfiar en la construcción de la paz, en la democratización de nuestras sociedades, en la profundización de la integración regional, en el impulso a la transformación económica para superar la exclusión y construir el bienestar general.
Darío Fajardo Montaña / Martes 24 de marzo de 2015
 
Foto: Inauguración reunión extraordinaria del ALBA via photopin (license)

El decreto del gobierno norteamericano por el cual se declara a Venezuela como una “amenaza inusual y extraordinaria” y las recientes movilizaciones ocurridas en Argentina y Brasil expresan la confrontación entre los proyectos autonómicos de varias de las naciones americanas y los esfuerzos por aplastarlos, puestos en marcha desde los centros de decisión del capital transnacional.

Estas tensiones van en aumento desde comienzos de la década pasada, cuando esos gobiernos decidieron poner límites a los intereses estratégicos y corporativos de los Estados Unidos y de sus socios europeos. La ofensiva cubre el mapa del mundo y va extendiéndose por todo el sur global, yendo y viniendo, repasando y aprendiendo de las experiencias en las que ha derrocado gobiernos nacionalistas y progresistas y destruido países enteros como Afganistán, Irak, Libia, Siria, para aplicar lo conocido en esas mismas latitudes y, de nuevo, en nuestra América.

Esta fase de la ofensiva atlantista puede ser apreciada desde la doble mirada de tiempo y espacio: tiene manifestaciones tempranas en el derrumbe de los países socialistas a finales de los años 80 del siglo pasado y hoy, en el marco de la decadencia del poder de los Estados Unidos, acusa un nuevo giro con el afianzamiento económico de China y la recuperación de Rusia como potencia en el escenario de la Europa Central y Oriental. Su despliegue espacial muestra el gradual desdibujamiento del mapa de la “guerra fría”, el cual viene siendo sustituido por el de las áreas de influencia en las nuevas correlaciones de fuerza de los poderes mundiales.

América Latina irrumpe en esta historia y en este mapa a través de los intentos de algunos de sus países de asumir decisiones propias sobre el manejo de sus recursos, la participación política de sus comunidades, la distribución de sus rentas, la definición de sus prioridades de desenvolvimiento y el reordenamiento de sus relaciones internacionales. Se hace presente en medio de intrincados pulsos entre los heterogéneos intereses de sus sociedades, en los que se expresan proyectos propios de distinto alcance, que van desde las reivindicaciones étnicas, las propuestas reformistas y las revolucionarias hasta la sujeción irrestricta a los intereses atlantistas, no pocas veces encubierta con banderas de “izquierda”.

Luego de terminada la “guerra fría”, el capitalismo, libre de frenos, aceleró su paso, moliendo y creciendo, en una nueva etapa de predominio del capital financiero. Mientras algunos se han beneficiado, otros muchos, despojados, han ido quedando en el abandono de las “gomorras” de Roberto Saviano.

Ante el mundo quedan las imágenes de los contrastes entre la opulencia de los grandes centros del “1%” (representados en las excentricidades de la arquitectura de Dubái, las “islas-palmeras” y otras creaciones de los Emiratos Árabes) y el extendido panorama mundial de la pauperización de las maquilas de Filipinas, Tailandia, Bangladés, las barriadas colombianas, o el recorrido de “la bestia”, como se ha llamado al tren que une las fronteras norte y sur de México, llevando mercancías y moliendo a millares de migrantes ilegales.

Ante los excesos del “modelo”, los agobiados países de las periferias comenzaron a buscar alternativas, experimentando distintas expresiones de organización como la puesta en marcha por los campesinos zapatistas en México, los gobiernos nacionalistas de América Latina, con ecos en las movilizaciones iniciadas en Seattle, en el proceso constituyente de Islandia y más recientemente en las marchas de Grecia con Syriza y España con Podemos: inéditas, impredecibles.

Latinoamérica, sumida en el desangre causado por las dictaduras y las guerras impuestas en las últimas décadas del siglo pasado inició un giro sorprendente con los movimientos de construcción democrática y recuperación de los recursos naturales estratégicos y el rechazo a la imposición del Área de Libre Comercio, ALCA por parte del gobierno norteamericano. La respuesta no se hizo esperar y no paran desde entonces los procesos golpistas, cruentos y “blandos”, iniciados con el intento contra el presidente Hugo Chávez y seguidos en el corto plazo por los desatados en Bolivia, Ecuador, Honduras y Paraguay.

La ofensiva contra los gobiernos nacionalistas despliega una conocida panoplia que incluye las campañas de los medios convertidos en instrumentos de guerra, como lo ejemplifican los casos de Ecuador, Argentina y Brasil, el estrangulamiento económico, los bloqueos del transporte, aplicados en estos mismos países y similares a los desatados contra el gobierno de Allende, los actos terroristas contra la población y el sabotaje contra los recursos estratégicos en Venezuela, la instigación de contradicciones entre los gobiernos centrales y los poderes regionales en torno al aprovechamiento de los recursos naturales, como ha ocurrido en Bolivia y Ecuador, la manipulación de las organizaciones populares, manifiesta en Honduras y Paraguay, para lograr el derrocamiento “constitucional” de los gobernantes progresistas, intento que se ha querido reeditar en Argentina y Brasil.

Ante las amenazas de guerra, para nuestros países no queda alternativa distinta que porfiar en la construcción de la paz, en la democratización de nuestras sociedades, en la profundización de la integración regional, en el impulso a la transformación económica para superar la exclusión y construir el bienestar general de la población.