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Crisis capitalista mundial
De recesión… a depresión
Renán Vega Cantor / Sábado 18 de abril de 2009
 

“La salida de la crisis, en China y en el resto del mundo, puede tomar dos formas: o la crisis mundial destruye masas enormes de empresas y capitales y, mediante la desocupación masiva, reduce aún más los salarios hasta que las grandes empresas capitalistas sobrevivientes, aunque maltrechas, recomiencen a preparar la crisis siguiente o, por el contrario, surge un sistema alternativo basado en la satisfacción de las necesidades de la población, en la producción de valores de uso, de medios de consumo, y no de valores de cambio, de cualquier tipo de mercancías para ganar dinero”.
Guillermo Almeyra

La crisis capitalista, tantas veces negada por los ideólogos neoliberales, afecta a todo el mundo y, en contra de las previsiones más optimistas, tiende a acentuarse a medida que los efectos de la debacle financiera, que comenzó en los Estados Unidos, se proyectan sobre todas las actividades económicas en ese país y en el resto del planeta. Hace unos meses, cuando se hizo evidente el comienzo de la recesión, muy pocos creían que ésta se fuera a prolongar tanto y que tuviera un alcance catastrófico, para los trabajadores y los pobres de manera principal, como el que hoy muestra. Esto indica que se está pasando de la recesión a la depresión, con lo cual se está empezando a vivir una situación similar, si no peor, a la del período 1929-1939, conocida mundialmente como la Gran Depresión.

¿Recesión o depresión?

En el análisis del ciclo capitalista suele considerarse la existencia de dos momentos distintos, uno denominado recesión y el otro depresión. El primero hace alusión a una caída en la actividad económica de una duración relativamente corta, menos de dos años, que, aunque impacta al conjunto de las sectores productivos, se supera en forma rápida y se regresa a una fase de recuperación sin mayores traumatismos para el capital en su conjunto, aunque desde luego los trabajadores y los pobres sí se vean seriamente afectados. Las recesiones son muy frecuentes en la historia del capitalismo y suelen presentarse con un ritmo periódico cada cierto tiempo, algo así como cada diez años o un poco menos, aunque eso no sea completamente exacto sino indicativo.

La depresión es algo completamente distinto porque significa un choque económico, social y productivo muy prolongado que afecta a todas las actividades económicas de una manera brutal. La depresión quiere decir debacle generalizada, ya que implica una caída amplia que dura mucho tiempo —puede alcanzar una década— y durante la misma se generaliza el desempleo, quiebran todo tipo de empresas y aumentan en forma dramática la miseria y la pobreza. Aunque desempleo, pobreza y miseria sean características estructurales e inherentes al capitalismo —a cualquier capitalismo a lo largo de su bicentenaria historia—, todos ellos alcanzan una magnitud insospechada, creando las condiciones para una quiebra civilizatoria, en la que se generalizan las protestas sociales, pero también la represión, las guerras, las agresiones, las dictaduras militares y el “estado de excepción” se hace permanente.

Indicadores del paso de recesión a depresión

En estos instantes, los indicadores más elementales muestran que el tránsito de la recesión a la depresión es prácticamente inevitable, con lo cual queda demostrado que las crisis productivas en el capitalismo son objetivas (reales y no imaginarias), como resultado de las contradicciones internas e insuperables de este sistema (tal como la caída de la tasa de ganancia y la apropiación privada de la riqueza social) y no son resultado de la mala o buena voluntad de este o aquel empresario o especulador capitalista. Por lo mismo, las crisis no pueden ser superadas con una intervención tardía de los gobiernos para tratar de salvar a algunas empresas o sectores económicos y por ello los “remedios” que en este momento intentan aplicar los gobernantes de los Estados Unidos, Francia, Alemania, Inglaterra, España, Japón y China se muestran terriblemente ineficaces e inadecuados.

Ahora bien, de manera somera recordemos algunos de los indicadores de la crisis para sustentar por qué razones estamos pasando de recesión a depresión, como quien dice: de castaño a oscuro o de Guatemala a Guatepeor. Debe comenzarse por el desempleo, tal vez el indicador más revelador de lo que está sucediendo. El desempleo alcanza niveles dramáticos en todo el orbe: en Estados Unidos desde septiembre de 2008 se están despidiendo un promedio de 600 mil trabajadores cada mes; en las grandes ciudades de China hay 30 millones de personas desempleadas; en España, otrora ejemplo del milagro económico de “libre mercado”, la tasa oficial de desempleo se acerca al 20%; y en Colombia, a pesar de los falsos positivos estadísticos (un eufemismo para referirse a las mentiras del uribismo), el desempleo es el más elevado de toda Latinoamérica, siendo superior al 14%, y eso sin contar con que esta cifra ya de por sí es mentirosa.

En cuando el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) anual, las cifras también son contundentes: el total de países capitalistas altamente industrializados experimentarán en este año una caída generalizada del PIB como no sucedía desde 1945; Japón, una de las primeras potencias económicas del planeta, ha tenido una caída en su PIB del 12,7% anual, algo que no vivía desde hace 35 años; en China, el nuevo taller del mundo, se anuncia que la tasa de crecimiento de su economía caerá a la mitad de lo registrado el año anterior, pasando del 12 al 6%; el conjunto de países de América Latina también muestra una caída en el crecimiento del PIB, hasta el punto que el Banco Mundial cambia mes a mes los vaticinios sobre la región, pasando de predecir un crecimiento de 2,7% primero, luego de 1% y en su último calculo anunció que la región decrecerá en un 0,3%; en Colombia el PIB el año anterior no llegó al 7% previsto y escasamente alcanzó un magro 3%.

Un tercer aspecto tiene que ver con la quiebra de empresas, algo que en realidad es tal vez el punto de partida de la crisis, porque es elemental que ante la crisis real, se ve afectada de manera directa la capacidad de consumo de la gente, lo cual incide en el aumento de los inventarios de las empresas, la parálisis del crédito, el aumento de las deudas de las familias, todo lo cual termina incidiendo en el cierre y liquidación de empresas. Al respecto, en Estados Unidos se afirma que se están cerrando miles de empresas cada semana, han quebrado bancos, casas hipotecarias y comerciales y hasta lo que se creían eran sólidas empresas multinacionales como Microsoft, Caterpilar o Ford Motor anuncian la reducción de sus niveles de producción y el despido de 250 mil asalariados en este año. En España y otros países de la Unión Europea el cierre de empresas, grandes y pequeñas, se ha convertido en el pan diario, y se hace más difícil conseguir empleo para los inmigrantes, muchos de los cuales han tenido que regresar a sus países de origen o están en lista de espera. En China, ante la caída del consumo en los Estados Unidos y Europa —sus principales compradores— se han reducido las actividades en los diversos sectores económicos, puesto que esa producción no se destina al mercado local.

Al considerar los elementos antes mencionados en su conjunto, es difícil suponer que el capitalismo sólo esta viviendo una pura y simple recesión que pronto será superada y la economía alcanzará, sin muchos traumatismos, su anterior nivel de crecimiento y acumulación. Se requiere ser un economista neoliberal o un demente para suponerlo, porque, por ejemplo, cómo negar el impacto duradero de 50 millones de nuevos desempleados en todo el mundo y de otros 200 millones de trabajadores en un nivel de pobreza extrema —dos anuncios de la Organización Internacional del Trabajo para este año—, con lo que se paralizan las diversas actividades, ya que no es fácil ni inmediato volver a engancharlos en otros puestos. Esto, entre otras consecuencias, ha incrementado el número de suicidios y de enfermos mentales, ha incidido en la destrucción de los hogares y está generalizando la lumpenización y descomposición social ante la necesidad de la gente de sobrevivir como sea. Además, está haciendo regresar a la dura realidad a cuantiosos sectores de la clase media que creían efectivamente que la economía capitalista era lo mejor del mundo, porque les había dado carro propio, empleo y capacidad de endeudamiento, como migajas de las que vivieron en los últimos 20 años.

En conclusión, la depresión ha comenzado y se prolongará durante los próximos años, rompiendo con la candidez de aquellos que suponían que con la llegada de Barak Obama a la presidencia de los Estados Unidos se iba a salir por decreto de la recesión.

Consecuencias de la depresión

El transito de recesión a depresión tiene consecuencias económicas, sociales, políticas, culturales y militares de vasto alcance, como ya se demostró en la década de 1930. Para comenzar, es el detonante de estallidos sociales, como ya se están dando en diversos lugares del mundo: huelgas en Inglaterra, Francia, Guadalupe, Martinica, Grecia y otros territorios; manifestaciones chovinistas y xenófobas en Inglaterra, donde en algunas protestas los obreros de ese país piden la expulsión de los italianos y de los polacos para salvaguardar sus puestos; motines de subsistencia que se vienen presentando en diversos lugares desde el 2008, por la carestía de los alimentos. Hasta el momento, estos estallidos no han alcanzado a vasta escala el corazón del sistema, es decir, a los Estados Unidos o a China, pero es posible que pronto lo afecten y también es probable que la respuesta sea virulenta para destruir cualquier síntoma de resistencia de los trabajadores.

El panorama social, devastado no sólo por la crisis sino por décadas de desregulación neoliberal que implicó la destrucción de los sistemas públicos de seguridad social, de salud y de educación, se transforma en una gran turbulencia que ya no podrá ser controlada con simple demagogia y publicidad sobre las virtudes del mercado y de la competencia individual, puesto que en la práctica la gente se está hundiendo en la miseria y la desesperación. Ante tal situación no es raro que los estados del capitalismo central, empezando por los Estados Unidos, para intentar salir de la depresión lo más rápido posible lleven a cabo masacres, guerras, ocupaciones y agresiones contra el mundo periférico, como una forma de adormecer aun más a su propia población y de ocultar las contradicciones insalvables de sus propias sociedades.

Por todo lo anterior, no es sorprendente que resurja el nacionalismo económico de extrema derecha (en una versión neofascista) como sustituto del delirante laissez faire que se impuso en las últimas décadas y que aumenten la xenofobia y el racismo en los países capitalistas centrales contra los más pobres y desvalidos, como ya se está viendo en España o Inglaterra. Desde luego, también existe la posibilidad de emprender un camino distinto, de reconstruir un proyecto socialista renovado, que extraiga las lecciones de las experiencias anteriores, y que junto con los parias del mundo, aumentados por la depresión, ponga en cuestión la hegemonía del capital e impulse una necesaria revolución anticapitalista. Nada está dicho de antemano, porque al fin y al cabo la historia la hacen seres humanos concretos, de carne y hueso, en situaciones concretas enfrentando los retos de su tiempo. Por ello, la depresión en curso puede convertirse en un punto de quiebre que nos conduzca o hacia un capitalismo cada vez más tecnofascista o hacia un horizonte poscapitalista.