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Opinión
Las estrellas fugaces de abril
Edgar Eduardo Pulido García / Miércoles 18 de abril de 2018
 
Foto: El País

Ocurre en abril, cientos de destellos efímeros, a manera de saetas rutilantes cubren el cielo nocturno: se les llama las líridas, su nombre viene de la constelación de Lira y está a su vez de un mito griego: la lira de Orfeo cuyo sonido edulcoró el corazón de Hades y salvó con ello a su amada Eurídice de la muerte, siendo arrebatada nuevamente junto con él por la duda, finalmente la Lira fue convertida en una constelación por Zeus.

Rara vez se sabe que las líridas entren en contacto con La Tierra, suelen desvanecerse besando la atmósfera, sin embargo, cuando algún fragmento espacial logra colarse y estrellarse contra el suelo terrestre es considerado un mal augurio. La primera vez ocurrió en España, el 26 de abril de 1937 cientos de estrellas fugaces cayeron en la ciudad de Guernica disparadas con bombarderos provenientes de la Alemania nazi y de la Italia fascista, centenares de personas, la mayoría civiles, murieron en ese resplandeciente ocaso del mes de abril, ese mismo día se confirmó que España, más que enfrentar una guerra civil, era un laboratorio militar, el detonante de inicio de la Segunda Guerra Mundial se dio con el fin de la república española, con la victoria de la Falange franquista.

Nuevamente las líridas chocan con La Tierra, esta vez en Siria: un consenso entre Francia, Inglaterra y Estados Unidos para asesinar civiles en respuesta al asesinato de civiles por parte del Al-Assad, generó un bombardeo que de lejos, obviando los cadáveres de fondo, parece un bello espectáculo de fuegos artificiales, una de esas extrañas paradojas de la guerra donde siempre perecen los sectores subalternos. Se encendió así la chispa de una posible III Guerra Mundial, que se prendió en el oriente pero bien puede detonar en Venezuela. Ya empiezan los medios masivos de comunicación, y por supuesto las redes sociales, a configurar los bandos en buenos y malos, como si fuera eso posible en una conflagración; una contienda que no es más que el resultado de los intereses del gran capital que no encuentra otra salida de su crisis, bien dijo Clawsewitz: La guerra es la continuación de la política por otros medios.

En tres elementos sintetiza Atilio Borón la amenaza bélica: 1. Inestabilidad del equilibrio geopolítico mundial, 2. la creciente gravitación del complejo Militar-industrial-comercial de Estados Unidos y sus aliados europeos y, 3. la cacería por los recursos naturales cada vez más limitados. En tal caso, la posibilidad de un nuevo conflicto de escala internacional no puede reducirse a una paranoia conspirativa, sino como una realidad tangible y peor aún: cercana. En la última cumbre de las Américas se entiende el motivo de la gira de Trump: mano dura contra el gobierno de Venezuela, tarea reproducida fielmente por Colombia, que parece una cueva vacía que hace un insípido y estridente eco de lo que le gritan desde el norte. Esto permite entrever mínimamente, los movimientos del ajedrez del norte, por supuesto para ellos, aquí todos somos peones.

En este escenario tenemos un acuerdo de paz desvanecido en el marco de un naciente conflicto transnacional. Muy a pesar de haber sido erigido para darle fin a una guerra interna de 50 años, los acuerdos de La Habana hoy están invisibilizados de la realidad política, las armas resguardadas en containers en el exterior, como garantía de que no van a ser usadas nuevamente para sublevarse contra los intereses del capital trasnacional, que por fin pudo ubicar las dragas para extraer riquezas donde la guerra no lo permitió en 50 año, por lo tanto para la clase hegemónica en Colombia la paz pasó de moda.

Volverán a golpear las estrellas en La Tierra y los parias, independientemente de lo que digan los medios, son los que morirán, como mueren ahora, en el fuego cruzado u obligados a portar las armas de la perfidia, finalmente la guerra de capitales más que los cementerios que produce, le interesan las balas que vende y así como las saetas del bombardeo de Guernica sirvieron de apertura de la segunda guerra mundial y las bombas de Hiroshima y Nagasaki fueron el sello de su clausura, estamos lejos de imaginar el impacto que una tercera guerra mundial tendrá en la civilización humana. Ante este panorama asediado por la muerte solo nos queda repetir lo dicho por Gabirel García Márquez en su discurso del premio Nobel: Nuestra respuesta es la vida.