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Debate
El joven Gramsci, la experiencia de L’ Ordine Nuovo y los Consejos de fábrica como organismos prefigurativos
Hernán Ouviña / Jueves 9 de mayo de 2019
 

Hace 100 años, nacía en el norte de Italia el semanario L’ Ordine Nuovo, una de las iniciativas político-culturales más originales y disruptivas gestada al calor del ascenso de las luchas populares que se sucedieron durante el “bienio rojo” de 1919 y 1920. Sus artífices fueron Antonio Gramsci, Umberto Terracini, Pia Carena, Palmiro Togliatti y Angelo Tasca, quienes bajo el subtítulo de “reseña semanal de cultura socialista” decidieron bautizar con aquel provocativo nombre a la publicación, lo que denotaba la clara influencia del proceso abierto en 1917 en Rusia, y remitía a la reorganización del “nuevo orden” que sobrevendría tras el derrumbe de la decadente civilización burguesa.

La fecha elegida para que el periódico estuviese disponible en las calles de Turín fue el 1 de mayo de 1919, con el siguiente lema: “Instruíos, porque necesitaremos toda vuestra inteligencia. Agitaos, porque necesitaremos todo vuestro entusiasmo. Organizaos, porque necesitaremos toda vuestra fuerza”. Por cierto, el día distaba de ser trivial. Exactamente un año atrás, en un artículo publicado en Il Grido del Popolo, el joven Gramsci había expresado que lejos de ser una jornada de “protesta por las ocho horas”, constituía un momento de la vida mundial, “una anticipación, en la actualidad, de lo que deberá ser la vida de la sociedad futura”.

Como relatará tiempo después el propio Gramsci, los artículos de L’Ordine Nuovo “no eran estructuras frías e intelectuales, sino que brotaban de nuestras discusiones con los mejores obreros; elaboraban los verdaderos sentimientos, metas y pasiones de la clase obrera de Turín, los cuales nosotros mismos habíamos provocado y puesto a prueba. Porque sus artículos eran, prácticamente, un ‘tomar nota’ de los eventos reales, vistos como momentos de un proceso de liberación interior y de auto-expresión por parte de la clase obrera”.

La investigación cultural y la lucha política se amalgamaban en cada uno de los números del periódico, a través de la traducción y publicación textos y documentos que intentaban fomentar el debate y la reflexión sobre las propias prácticas de los trabajadores, sin desmerecer la difusión de artículos de gran valor artístico, educativo y literario. Así, se reproducían desde las teorizaciones de Lukacs, De Leon y Korsch en torno a las experiencias consejistas, hasta los aportes de intelectuales como Barbusse, Lunacharsky, Krupskaia, Rolland, Eastman o Gorki para la renovación de la pedagogía y la cultura emancipatoria.

Por aquel entonces -inmediata posguerra- existían dentro de las fábricas las comisiones internas, que eran instancias débilmente representativas, ya que sus miembros debían ser afiliados al sindicato y su organización estaba restringida a la estructura productiva de cada empresa. Si bien en sus comienzos habían constituido una conquista arrancada a la patronal como producto de la agudización de la lucha de clases en el contexto bélico, al poco tiempo terminaron cumpliendo la función de ser “correa de transmisión” entre la dirigencia del sindicato y los dueños del capital, facilitando el disciplinamiento de los obreros.

Los sindicatos constituían la organización del trabajador en tanto fuerza de trabajo asalariada. Era el instrumento a través del cual los sectores afiliados a él negociaban mejores precios de la única mercancía que tenían para ofrecer. Por ello, según Gramsci, terminaba siendo parte integrante de la sociedad capitalista y su función era inherente al régimen de propiedad privada, por lo que llevaba en germen el reformismo. Además, por lo general tendía a pactar y a negociar, a punto tal que “el burócrata sindical concibe la legalidad industrial como una permanente cuestión de negocios”. Los sindicatos -concluía el joven Gramsci- “constituyen el tipo de organización proletaria específico del periodo de historia dominado por el capital (…) En tal periodo, en el que los individuos valen tanto más cuanto mayor sea la cantidad de mercancías que posean y mayor sea el tráfico que con ellas hagan, también los obreros se han visto constreñidos a obedecer las férreas leyes de la necesidad general y se han convertido en comerciantes de su única propiedad, de su fuerza de trabajo (…) han creado ese enorme aparato de concentración de carne y fatiga, han fijado precios y horarios, y han organizado el mercado (…) La naturaleza esencial del sindicato es competitiva; no es, en manera alguna, comunista. El sindicato no puede ser, pues, un instrumento de renovación radical de la sociedad”.

A su vez, el Partido, si bien al igual que el sindicato nace en el seno de la estructura burguesa, oficia como ámbito algutinador de los núcleos más activos de la clase trabajadora en el plano político, aunque dista de poder operar como la instancia de cohesión del conjunto del proletariado en lucha. Ambas organizaciones, por tanto, “no abarcan ni pueden abarcar toda la múltiple agitación de fuerzas revolucionarias que desencadena el capitalismo con su proceder implacable de máquina de explotación y opresión”, por lo que “no han de situarse como tutores o sobre-estructuras ya constituidas de esa nueva institución en la que cobra forma histórica controlable el proceso histórico de la revolución, sino que deben ponerse como agentes conscientes de su liberación respecto de las fuerzas de compresión que se concentran en el Estado burgués”.

Al calor del “bienio rojo”, y con una fuerte influencia del proceso insurreccional vivido en Rusia y otros países de Europa, a las pocas semanas de la salida de L’ Ordine Nuevo surgen los Consejos de Fábrica, deviniendo un órgano representativo de la totalidad de las y los trabajadores de la empresa, incluidos ingenieros y técnicos. Cada uno de ellos tenía la posibilidad de votar y ser votado, así como de discutir abiertamente en su seno, al margen de estar o no afiliado al sindicato. La universalidad del voto debía combatir, de acuerdo a la lectura que realizan los “ordinovistas” en las páginas del periódico, el espíritu corporativo que tendía a dividir a los trabajadores según su oficio.

Los Consejos ya no eran por tanto instrumentos de mera defensa de los derechos inmediatos del trabajador (tales como premios, higiene, etc.), sino que pasaban a ser un medio de ofensiva para elevar al obrero de su condición de asalariado (mercancía) a la de productor (en tanto parte integrante de un colectivo cooperante, antagónico con respecto al mando del capital), deviniendo al decir de Gramsci “el más adecuado órgano de educación recíproca y de desarrollo del nuevo espíritu social que el proletariado ha logrado extraer de la experiencia viva y fecunda de la comunidad de trabajo”.

En una Apostilla redactada para L’ Ordine Nuovo, Gramsci reconoce que si bien la propaganda socialista desarrollada históricamente por los socialistas no podía sino ser en gran parte negativa y crítica, luego de la experiencia positiva de las y los revolucionarios rusos debe ser de otra manera: “Críticamente debemos elaborar estas experiencias; delimitar cuanto hay en ellas de meramente ruso, y dependiendo de las particulares condiciones en las cuales en la República de los Soviet encontró la sociedad rusa su advenimiento; discernir y fijar cuanto en ellas es permanente necesidad de la sociedad comunista, dependiente de las necesidades y de las aspiraciones de la clase de los obreros y campesinos explotada de igual modo bajo todas las latitudes”. Así, propone discernir aquello que puede pensarse como potencialmente universal, y por lo tanto plausible de resignificar -ejercicio de traducción mediante- en el territorio italiano.

Si en octubre de 1919, casi cincuenta mil trabajadores estaban representados en una asamblea de “comités ejecutivos de los Consejos de Fábrica”, durante abril de 1920 se amplía la base social y productiva del movimiento, producto de una huelga general de los obreros turineses en respuesta al lock out empresarial y a la voluntad de los industriales de limitar los poderes de las desbordadas Comisiones Internas. Es así como se gesta un intenso proceso de toma de fábricas en Génova, Milán y especialmente Turín, que será acompañado por una ocupación de tierras por parte del campesino, en particular en la región de Roma. A mediados de 1920 el movimiento se radicaliza, extendiendo su radio a gran parte del norte de Italia e iniciando a finales de agosto una huelga con ocupaciones masivas, con la puesta en marcha de la producción bajo su control absoluto. En las fábricas ocupadas se prohíbe el consumo de alcohol y se reprime cualquier intento de hurto, y para pagar los salarios se llega a distribuir entre los trabajadores cédulas de 10 y 20 liras, con una estampa distintiva de una hoz y un martillo. En paralelo, los núcleos más activos conforman escuadras de “guardias rojos” para garantizar la defensa de la ocupación.

De acuerdo a Gramsci, durante las tomas de fábricas, los Consejos muestran la viabilidad de la autogestión obrera en las empresas, así como la inutilidad económica de los capitalistas en tanto organizadores de la producción. El “bienio rojo” revela además la posibilidad real -en la praxis misma- del autogobierno de las masas trabajadoras. El control obrero de la producción y la distribución, el desarme de los cuerpos armados mercenarios y el manejo pleno de los ayuntamientos por las organizaciones revolucionarias, son las principales respuestas que releva y teoriza el joven Gramsci en las páginas de L’ Ordine Nuevo frente a los problemas acuciantes de la Italia de posguerra.

Su propuesta, por tanto, se enmarca en el intento de construir toda la sociedad partiendo inmediatamente de los núcleos del cuerpo social más productivo. La fábrica es visualizada como el ámbito desde donde debe emerger la iniciativa de la clase trabajadora, en la medida en que condensa de manera más directa la dictadura del capital y el control privado de su organización, con el carácter colectivo del trabajo. No obstante, se llegan a gestar consejos barriales y de campesinos, a los que Gramsci presta especial atención debido a su papel central en la reproducción de la vida.

En este período se percibe una notable influencia del Lenin libertario de El Estado y la revolución y su concepción de los soviets como democracia proletaria, pero también de otros teóricos de los consejos obreros, como el norteamericano Daniel de León. Sin embargo, de acuerdo a Jean-Marc Piotte, pueden destacarse dos diferencias con respecto al planteo del líder bolchevique: 1) la gran importancia concedida a los Consejos en tanto órganos de manejo técnico de la producción; 2) el hincapié en los Consejos como espacios de auto-liberación política y económica de los propios productores, vale decir, emancipación por parte de los trabajadores mismos.

La fábrica, de acuerdo al joven sardo, es el lugar en donde “el obrero no es nada y quiere llegar a serlo todo”, por lo que allí su poder tiende a ser ilimitado. Esta capacidad de enorme auto-aprendizaje pone asimismo en entredicho el prejuicio kaustkiano, reificado incluso por el Lenin del ¿Qué hacer?, de la imposibilidad del proletariado de realizar sin tutela alguna su liberación, y con ella la de toda la sociedad. “Las asambleas -ironiza Gramsci en otro texto publicado L’ Ordine Nuovo-, las discusiones para la preparación de los Consejos de fábrica, han dado a la educación de la clase obrera más que diez años de lectura de los opúsculos y los artículos escritos por los propietarios de la lámpara del duende. La clase obrera se ha comunicado las experiencias reales de sus diversos componentes y ha hecho de ellas un patrimonio colectivo: la clase obrera se ha educado comunísticamente, con sus propios medios y con sus propios sistemas”.

El Consejo, al que Gramsci define como “las propias masas organizadas de forma autónoma”, a diferencia de los sindicatos y el partido (en ese entonces, considerados medios tácticos más que estratégicos), tiende a salirse de la legalidad, a desbordarla y romperla, superando además la fragmentación que el capital impone. Emerge, pues, como un organismo de carácter público y no privado como aquellos. Ya no lo conforman “asalariados” ni “ciudadanos”, sino productores que en conjunto constituyen al “trabajador colectivo”. Así, en agosto de 1920, inmerso en una fuerte discusión con la posición anticonsejista de Angelo Tasca, Gramsci expresa que “el Consejo de fábrica es una institución de carácter ‘público’, mientras que el partido y el sindicato son instituciones de carácter ‘privado’. En el Consejo de fábrica el obrero interviene como productor, a consecuencia de su posición y de su función en la sociedad, del mismo modo que el ciudadano interviene en el Estado democrático parlamentario. En cambio, en el partido y en el sindicato el obrero está ‘voluntariamente’, firmando un compromiso escrito, firmando un contrato que puede romper en cualquier momento: por ese carácter de ‘voluntariedad’, por ese carácter ‘contractual’, el partido y el sindicato no pueden confundirse en modo alguno con el Consejo, institución representativa que no se desarrolla aritméticamente, sino morfológicamente, y que en sus formas superiores tiende a dar el perfil proletario del aparato de producción y cambio creado por el capitalismo con fines de beneficio”.

En suma, la expansión de los Consejos concretaba desde una perspectiva de transformación integral diversos objetivos socialistas, siendo la praxis revolucionaria integral la piedra de toque que hacía posible la autonomía plena de las y los trabajadores. Entre ellos, cabe destacar los siguientes:

  1. Conjugar la lucha política y la económica: auto-conducción de masas y gestión directa del proceso productivo. Del ciudadano-asalariado individual, se pasa al compañero-productor social.
  2. Socializar el conocimiento técnico de la empresa, apostando a la superación de la división del trabajo.
  3. Transformar sustancialmente la subjetividad de los trabajadores, eliminando la competencia existente al interior de la clase y sustituyéndola por la solidaridad y el cooperativismo entre compañeros.
  4. Convertir a la fábrica en una gran escuela en donde todos los productores son maestros y estudiantes simultáneamente. Este auto-aprendizaje no es solamente económico-administrativo sino también político y cultural, en la medida en que se tiende a la formación para ejercitar el autogobierno popular. Se recupera así la capacidad colectiva de creación humana del conjunto de los trabajadores, estén o no sindicalizados (superándose, asimismo, el corporativismo propio de la organización según oficios).
  5. Orientar el sano espontaneismo de las masas, brindando la posibilidad de ejercer la democracia y la gestión incluso a quienes no están organizados/as.
  6. Prefigurar, en tanto órgano expropiador de las funciones del Estado burgués, el “nuevo orden”, que materializa desde ahora formas innovadoras de vida social.
  7. Anticipar, a la vez, las bases de la organización política de nuevo tipo, que ya no se estructura en función de divisiones territoriales. Alrededor de los consejos regionales gravitaran el resto de las organizaciones de los sectores subalternos.
  8. Desarticular el burocratismo propio de los sindicatos, a través de una constante presión en pos de una recuperación de la iniciativa obrera desde su base misma.
  9. En este contexto, Gramsci impugna la propuesta de cierto marxismo ortodoxo según la cual “se concibe la instauración del poder proletario como una dictadura del sistema de secciones del Partido Socialista”. Distanciándose rotundamente de este tipo de lecturas, piensa la construcción socialista en términos plurales. El Consejo se enmarca en una variada y complementaria red de instituciones que incluye también a comités de barrio, sindicatos, partidos políticos y consejos de campesinos. De ahí que postule la conformación de “un nuevo aparato estatal que en su ámbito interno funcione democráticamente, es decir, que garantice a todas las tendencias anticapitalistas la libertad y la posibilidad de convertirse en partidos de gobierno proletario”.

Esta dinámica de auto-organización popular no resultó ser excepcional: además de Rusia y Hungría, en donde los Consejos constituyeron la principal forma de autoorganización social, Holanda, Finlandia, Austria, Alemania y Polonia fueron algunos de los países que vieron crecer y multiplicarse Consejos de obreros, soldados y campesinos, entre 1917 y 1921. No obstante, el caso de Italia resulta sumamente interesante debido a que es especialmente a partir de esta experiencia concreta que Gramsci desarrollará lo que proponemos denominar estrategia prefigurativa. En su original lectura de los Consejos como “germen” o embrión del futuro Estado proletario deja traslucir a qué nos referimos: “El Estado socialista existe ya potencialmente en las instituciones de vida social características de la clase obrera explotada. Relacionar esos institutos entre ellos, coordinarlos y subordinarlos en una jerarquía de competencias y de poderes, concentrarlos intensamente, aun respetando las necesarias autonomías y articulaciones, significa crear ya desde ahora una verdadera y propia democracia obrera en contraposición eficiente y activa con el Estado burgués, preparada ya desde ahora para sustituir al Estado burgués en todas sus funciones esenciales de gestión y de dominio del patrimonio nacional”. Esta dinámica de constitución y ejercicio de poder popular, requiere a la vez de acuerdo al joven Gramsci, de una disputa diaria de sentido en el plano ideológico-cultural, que, si bien profundizará durante su forzado encierro a partir de la categoría de hegemonía, ya le otorga relevancia durante el bienio rojo.

Es importante además establecer una diferencia central entre el Estado de “nuevo tipo” y el Estado capitalista, que reenvía a la necesidad de que en los medios de construcción se prefiguren, embrionariamente, los fines que se persiguen. Por su naturaleza, dirá Gramsci, “el Estado socialista reclama una lealtad y una disciplina diferentes y opuestas a las que reclama el Estado burgués. A diferencia del Estado burgués, que es tanto más fuerte en el interior como en el exterior cuanto los ciudadanos menos controlan y siguen las actividades del poder, el Estado socialista requiere la participación activa y permanente de los camaradas en la actividad de sus instituciones. Preciso es recordar, además, que, si el Estado socialista es el medio para radicales cambios, no se cambia de Estado con la facilidad con que se cambia de gobierno”.

Claro está que para llevar a cabo esta tarea prefigurativa tan ardua, es preciso también entender que la disciplina colectiva y la responsabilidad individual no pueden ser pensadas como características propias de la sociedad capitalista, sino que deben ser cualidades a construir subjetivamente durante el proceso transicional, aunque desde ya a partir de una perspectiva contraria a la lógica de imposición externa inherente al orden burgués dominante. Esta labor constructiva que abarca todas las dimensiones de la vida social, nos dice Gramsci, debe ser efectuada desde el presente, desde la realidad concreta en la que se piensa, siente y actúa, de forma tal que se puedan ir prefigurando, en el día a día y de manera progresiva, las relaciones sociales propias de la sociedad futura.

La transformación revolucionaria deja de ser por tanto un horizonte futuro, para arraigar en las prácticas actuales que en potencia anticipan el nuevo orden venidero. Se invierte así el derrotero transicional clásico: antes de pugnar por la “conquista del poder”, hay que constituir aquí y ahora espacios y organizaciones populares de nuevo tipo, que arraiguen en la materialidad de la vida social y se basen en un nuevo universo de significación antagónico al capitalista. El desafío que esta propuesta nos plantea es cómo articular la satisfacción de aquellas necesidades urgentes del presente, contribuyendo a la vez a la creación del porvenir en nuestra realidad cotidiana. Por ello, en palabras del joven Grasmci, se trata en última instancia de “conciliar las exigencias del momento actual con las exigencias del futuro, el problema del ‘pan y la manteca’ con el problema de la revolución, convencidos de que en el uno está el otro, que en el más está el menos”

No obstante, sería ingenuo aseverar que en Gramsci (ya sea durante esta etapa juvenil o en su período carcelario) está presente una concepción evolutiva o reformista de la construcción del cambio social, o la omisión de quiebres revolucionarios en el avance hacia una sociedad sin clases. Antes bien, este proyecto emancipatorio prevé niveles de correlación de fuerzas que sin duda involucrarán alternadas dinámicas de confrontación, rupturas, ascensos y retrocesos, así como disputas no solamente semánticas sino económicas, culturales, educativas, sociales, e incluso político-militares.

Por ello, no es ocioso recordar que luego de momentos sumamente dramáticos, el “bienio rojo” concluye a finales de 1920 con una trágica derrota: los sindicatos no se pliegan a una huelga de carácter nacional, ni apoyan hasta las últimas consecuencias el proceso insurreccional. A modo de balance, Gramsci afirmará en las páginas de L’ Ordine Nuovo que “la huelga general de Turín y del Piamonte chocó contra el sabotaje y la resistencia de las organizaciones sindicales”, poniendo de manifiesto “la urgente necesidad de luchar contra todo el mecanismo burocrático de las organizaciones sindicales, que son el más sólido apoyo para la labor oportunista de los parlamentaristas y de los reformistas, labor tendiente a la sofocación de todo movimiento revolucionario de las masas trabajadoras”.

Algo similar ocurre con el Partido Socialista Italiano, quien se niega a publicar en su diario Avanti! el llamamiento de la sección socialista de Turín a la huelga, mientras que la ciudad era tomada por miles de soldados y policías. Incluso la dirección del partido, que por aquel entonces debía celebrar en la “capital industrial” de Italia una reunión de su Consejo nacional, decide trasladar el encuentro a Milán a raíz de la aguda situación que se vivía allí (“parecía poco adecuada esa ciudad como teatro de discusiones socialistas”, llega a ironizar Gramsci en uno de sus escritos contemporáneos a esta coyuntura tan delicada). La ambigüedad del PSI frente a los acontecimientos (expresada en la posición claudicante que tanto los socialdemócratas de derecha, como los de la tendencia de la izquierda “unitaria”, tuvieron durante este proceso insurreccional) va a ser uno de los determinantes que lo obligue a fundar, junto con un gran número de compañeros y compañeras de la izquierda “maximalista”, una organización política de nuevo tipo, en enero de 1921: el Partido Comunista de Italia. L’ Ordine Nuovo, por su parte, dejará de ser un periódico anclado en la dinámica de las luchas obreras en Turín, para convertirse en el diario oficial de esta organización, lo que, si bien le brinda una proyección a escala nacional y a nivel cotidiano, resiente su perfil crítico y de amplitud frente a la pluralidad de corrientes culturales y políticas de la época.

A su vez, este es un año bisagra en la vida del joven Gramsci, en la medida en que simboliza el final de una etapa de ascenso de masas, condensada en Italia en el famoso “bienio rojo”, y el comienzo de un período de reflujo político, no solamente en el plano nacional, sino también a escala europea y global. Como enseñanza general de esta derrota, percibe que las clases subalternas no pueden triunfar si restringen la lucha a un territorio (el fabril) y a un sujeto específico (el obrero industrial). De esta forma, reconoce autocríticamente la relativa subestimación del “ordinovismo” respecto del papel crucial que debía cumplir la organización política como aglutinadora de los variados sectores populares a nivel nacional, más allá de lo estrictamente local.

La afición de Gramsci por la dimensión pedagógico-cultural de la lucha socialista se dejará traslucir incluso en esta fase de reflujo pos-bienio rojo, signada por un clima de creciente ofensiva fascista. Así, anticipando ese magistral análisis del nexo dialéctico entre saber y sentir esbozado en los Cuadernos de la Cárcel, donde endilga a los intelectuales el pretender recostarse en el puro conocimiento erudito que los hace caer en la pedantería, olvidando que resulta imposible “saber sin comprender y, especialmente sin sentir ni ser apasionado”, en un artículo periodístico titulado “Hombres de carne y hueso”, despotrica contra quienes con soberbia se ensañan con aquellos obreros que -tras la cruenta represión y la desmoralización sufrida luego de semanas de huelga en la FIAT a comienzos de 1921- retornan a sus fábricas a trabajar: “¿Traición? ¿Negación de los ideales revolucionarios?”, pregunta de manera provocativa Gramsci. Nada de eso, responde. Se trata de hombres reales, “sometidos a las debilidades de todos los hombres comunes que se ven pasar en las calles, beber en las tabernas, conversar sobre los rumores en las plazas, que se cansan, que tienen hambre y frío, que se conmueven al sentir llorar a sus hijos y lamentarse agriamente a sus mujeres. Nuestro optimismo revolucionario ha sido siempre sustanciado de esta visión crudamente pesimista de la realidad humana”.

Más allá de su contextualización histórica, la relevancia otorgada por el joven Gramsci a la exploración militante y a la práctica anunciadora de relaciones sociales no capitalistas, signada por una vocación estratégica en pos de amalgamar la aguda reflexión teórica con el sentir popular, constituye una enseñanza digna de ser retomada en la coyuntura actual. Más aún, teniendo en cuenta las breves y agudas reflexiones carcelarias reunidas bajo el nombre de “Espontaneidad y dirección consciente”, las cuales recuperan este vínculo dialéctico tan logrado en el proceso de ocupación de fábricas de 1919 y 1920. Durante esos meses de enorme intensidad, dirá Gramsci, el “elemento de espontaneidad no se descuidó, ni menos se despreció: fue educado, orientado, depurado de todo elemento extraño que pudiera corromperlo”, pero no desde un lugar externo y por encima de las y los obreros en lucha, sino en tanto núcleo inmanente, activo y de avanzada, encaminado a la conquista de la plena autonomía de clase.

La cuestión hoy es, por un lado, cómo tender puentes e “irradiar” nuevas formas de democracia plebeya y de praxis emancipatoria al resto de la sociedad, e inclusive a las instituciones que prefiguran en potencia el orden civilizatorio venidero, superando el aislamiento en el seno de un territorio específico (sea éste un empresa, un espacio educativo o cultural, un barrio o un ámbito rural); y por el otro, de qué manera transformar, en aquellas situaciones en la que resulte pertinente y subversiva, la crítica a los sindicatos y a las organizaciones políticas tradicionales, en desborde y refundación de estas instancias, de manera tal que sean sus propias bases quienes las reinventen y conduzcan.

Esperamos que, a contrapelo de las modas, este trabajo de exhumación militante y de lectura crítica contribuya un mínimo a restaurar la herencia de Gramsci durante su estancia en Turín, más allá de los inevitables aniversarios y de la infinidad de justificados homenajes que suelen invocar su espectro. Al fin y al cabo, como supo expresar a modo de apuesta este joven autodidacta sardo, “existen en la historia derrotas que más tarde aparecen como luminosas victorias, presuntos muertos que han hecho hablar de ellos ruidosamente, cadáveres de cuyas cenizas la vida ha resurgido más intensa y productora de valores”.

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